En la etapa siguiente, el niño, después de haber adquirido alguna competencia en el uso de las simbolizaciones básicas, prosigue para adquirir niveles más altos de destreza en dominios valorados en su cultura. A medida que los niños progresan en su comprensión de los sistemas simbólicos, aprenden los sistemas que Gardner llama sistemas de segunda orden, es decir, la grafía de los sistemas (la escritura, los símbolos matemáticos, la música escrita, etc.). En esta fase, los varios aspectos de la cultura tienen un impacto considerable sobre el desarrollo del niño, ya que él mejorará los sistemas simbólicos que demuestren tener mayor eficacia en el desempeño de actividades valoradas por el grupo cultural. Así, una cultura que valora la música tendrá un mayor número de personas que alcanzarán una producción musical de alto nivel.
Finalmente, durante la adolescencia y la edad adulta, las inteligencias se revelan a través de ocupaciones vocacionales o no vocacionales. En esta fase, el individuo adopta un campo específico y focalizado, y se realiza en roles que son significativos en su cultura.
Teoría de las inteligencias múltiples y la educación
Las implicaciones de la teoría de Gardner para la educación son claras cuando se analiza la importancia dada a las diversas formas de pensamiento, a las etapas de desarrollo de las varias inteligencias y a la relación existente entre estas etapas, la adquisición de conocimiento y la cultura.
La teoría de Gardner presenta alternativas para algunas prácticas educativas actuales, ofreciendo una base para:
(a) el desarrollo de evaluaciones que sean adecuadas a las diversas habilidades humanas (Gardner & Hatch, 1989; Blythe Gardner, 1990) (b) una educación centrada en el niño y con currículos específicos para cada área del saber (Konhaber & Gardner, 1989; Blythe & Gardner, 1990) (c) un ambiente educacional más amplio y variado, y que dependa menos del desarrollo exclusivo del lenguaje y de la lógica (Walters & Gardner, 1985; Blythe & Gardner, 1990)
En cuanto a la evaluación, Gardner hace una distinción entre evaluación y testeo. La evaluación, según él, favorece métodos de levantamiento de información durante actividades del día a día, mientras que los testeos generalmente ocurren fuera del ambiente conocido del individuo que está siendo evaluado. Según Gardner, es importante sacar el máximo provecho de las habilidades individuales, auxiliando a los estudiantes a desarrollar sus capacidades intelectuales, y, para ello, en lugar de usar la evaluación solo como una manera de clasificar, aprobar o reprobar a los alumnos, esta debe ser usada para informar al alumno sobre su capacidad e informar al profesor sobre cuánto se está aprendiendo.
Gardner sugiere que la evaluación debe hacer justicia a la inteligencia, es decir, debe dar crédito al contenido de la inteligencia en prueba. Si cada inteligencia tiene un cierto número de procesos específicos, esos procesos tienen que ser medidos con instrumentos que permitan ver la inteligencia en cuestión en funcionamiento. Para Gardner, la evaluación debe ser, además, ecológicamente válida, es decir, debe hacerse en ambientes conocidos y debe utilizar materiales conocidos por los niños que están siendo evaluados. Este autor también enfatiza la necesidad de evaluar las diferentes inteligencias en términos de sus manifestaciones culturales y ocupaciones adultas específicas. Así, la habilidad verbal, incluso en preescolar, en lugar de ser medida a través de pruebas de vocabulario, definiciones o semejanzas, debe ser evaluada en manifestaciones tales como la habilidad para contar historias o relatar acontecimientos. En lugar de intentar evaluar la habilidad espacial aisladamente, se debe observar a los niños durante una actividad de dibujo o mientras arman o desarman objetos. Finalmente, él propone que la evaluación, en lugar de ser un producto del proceso educativo, sea parte del proceso educativo, y del currículo, informando en todo momento de qué manera el currículo debe desarrollarse.
En lo que se refiere a la educación centrada en el niño, Gardner plantea dos puntos importantes que sugieren la necesidad de la individualización. El primero se refiere al hecho de que, si los individuos tienen perfiles cognitivos tan diferentes unos de otros, las escuelas deberían, en lugar de ofrecer una educación estandarizada, intentar garantizar que cada uno reciba la educación que favorezca su potencial individual. El segundo punto planteado por Gardner es igualmente importante: mientras en la Edad Media un individuo podía pretender tomar posesión de todo el saber universal, hoy en día esa tarea es totalmente imposible, siendo incluso bastante difícil el dominio de un solo campo del saber.



