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El Príncipe - Maquiavelo (COMENTADO POR NAPOLEÓN BONAPARTE, Análisis y Resumen)
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COMENTADO POR NAPOLEÓN BONAPARTE

Introducción

Como Segundo Canciller de Florencia, Maquiavelo, tuvo una vida política muy activa. Era una época de cambios, el sistema feudal estaba siendo reemplazado por la producción capitalista, las soberanías eran absorbidas por las monarquías y existía una centralización del poder en Europa, excepto en Italia.

Maquiavelo, entonces, participaba de encuentros con las cortes extranjeras para hacer acuerdos políticos. La experiencia de su vida se relata en este libro, mostrando al hombre común las verdaderas intenciones de un gobernante ambicioso.

Niccolò Machiavelli - Al magnificente Lorenzo, hijo de Piero de Médici

Los príncipes siempre reciben buenos regalos, que están a su altura, pero no encontré entre mis posesiones nada más que las experiencias que adquirí a lo largo de mi vida, y que ahora remito a Vuestra Magnificencia, reducidas en un pequeño volumen.

Por lo tanto, he aceptado este pequeño regalo, y al leer esta obra, mi deseo es que alcance aquella grandeza que la fortuna y las demás cualidades le aseguran.

Capítulo I - De cuántas especies son los principados y de cuántas maneras se adquieren

Los Estados pueden ser repúblicas o principados, que fueron heredados de sangre, o adquiridos recientemente. Los nuevos, tales como Milán con Francesco Sforza, o tales miembros unidos a un Estado que recibe por herencia un príncipe, tal el reino de Nápoles al rey de España. Estos dominios recibidos, están sujetos a un príncipe o son libres, y se adquieren por tropas ajenas o propias.

Capítulo II - De los principados hereditarios

No hablaré de las repúblicas, sino solo de los principados, e intentaré mostrar cómo los principados heredados pueden ser gobernados y mantenidos. Los Estados ligados a la familia de su príncipe, tienen menores dificultades para gobernarse que los nuevos, pues basta no abandonar el procedimiento de los antecesores; si el príncipe es inteligente, se conservará en el poder.

En Italia, por ejemplo, tenemos al duque de Ferrara, que se opuso a la invasión de los venecianos en 1484, y a la del Papa Julio en 1510, solo porque el dominio de su familia era antiguo, y era evidente que se tornara más querido.

Capítulo III - De los principados mixtos

La mayor dificultad está en los principados nuevos, que también pueden ser un Estado reunido al hereditario, al que podríamos llamar principado mixto, esto porque el pueblo se rebela contra el nuevo príncipe que ha tenido que ofender a los nuevos súbditos con su tropa y a través de otras ofensas que una reciente conquista provoca.

Entonces serán sus enemigos todos aquellos que fueron perjudicados con la ocupación del principado, y sus amigos serán aquellos que lo colocaron allí porque estaban insatisfechos, e incluso si está fortalecido, no podrá ser violento contra ellos porque necesita de las buenas gracias de los habitantes. Este fue el error de Luis XII, Rey de Francia, cuando ocupó Milán, que tuvo al mismo pueblo que le abrió las puertas, en su contra, cuando se dio cuenta de que se equivocaba respecto al bien que traería aquel príncipe.

Los Estados conquistados y añadidos a un Estado antiguo, siendo en la misma provincia y de idéntica lengua, se someten fácilmente, sobre todo si no tienen la costumbre de vivir libres.

Para los Estados con lenguas diferentes, pero con las mismas costumbres, el conquistador, para conservarlos, debe tener en mira dos reglas: primera, extinguir el lenguaje del antiguo príncipe; segunda, no modificar leyes e impuestos.

Ya en una provincia con lengua, costumbres y legislación diferentes, la forma más eficaz de conquistar es que el príncipe vaya a habitarla; así podrá acabar con los desórdenes tan pronto como surjan; de lo contrario, cuando llegue la noticia, será tarde para actuar. Otra manera es formar colonias en algunos lugares de la provincia conquistada.

Los Romanos organizaron colonias en las provincias conquistadas, véase en la provincia de Grecia, Roma fomentó a los Aqueos y a los Etolios, sometió el reino de los Macedonios, expulsó a Antíoco.

El deseo de conquista es algo realmente natural y común, y los hombres que pueden satisfacerlo serán siempre alabados y nunca censurados. Pero quienes no pueden hacerlo y quieren hacerlo de cualquier manera, están en error y merecen censura.

Capítulo IV - Razón por la cual el Reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se rebeló con los sucesores de este

El hecho de que Alejandro Magno conquistara Asia en pocos años y luego muriera de inmediato, y que el pueblo no se rebelara contra sus sucesores, es asombroso. De los principados que recordamos, dos son las formas de gobernarse: o por príncipes asistidos por ministros, o por un príncipe y barones.

Tales barones tienen dominio y súbditos propios, que los reconocen como señores y les dedican afecto natural.

Ahora, considerando la naturaleza del gobierno de Darío, se verá que es similar a la del sultán de Turquía. Si fue necesario para Alejandro desbaratar al enemigo en bloque tras la victoria, muerto Darío, tuvo el estado seguro. Y los sucesores de Alejandro, si hubieran mantenido la unión, podrían haber disfrutado ociosamente de aquel reino; no hubo allí otras turbulencias sino aquellas que ellos mismos provocaron.

La conquista de un pueblo no es mérito solo del vencedor, sino de las diferencias de los pueblos subyugados.

Capítulo V - Del modo de mantener ciudades o principados que antes de ser ocupados se gobernaban por leyes propias

Explicación de cómo conservar gobiernos con ideologías natas. Por más que se infiltren nuevas ideologías, las antiguas leyes del principado perdurarán hasta que el nuevo principado transgreda las reglas antiguas y declare nuevas reglas, siempre que se permita que "...repose la memoria de la libertad perdida."

Capítulo VI - De los principados nuevos que se conquistan por las armas y con nobleza
Cita de ejemplos de Moisés, Teseo, entre otros, que por virtud propia se convirtieron en príncipes.

Capítulo VII - De los principados nuevos que se conquistan con armas y con virtudes ajenas
El autor discurre sobre César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, cuyas conquistas fueron impulsadas por el poder de la posición de su padre y, luego, por alianzas con personas de mano más firme que él, como Ramiro de Lorca.

Capítulo VIII - De quienes llegaron al principado por el crimen

En este capítulo el autor trata el hecho de alcanzar el principado a través de "...actos malos o nefastos...". Cabe destacar la forma en que Maquiavelo propone la manera en que deben exponerse las injurias al pueblo, según él "...todas de una sola vez, para que, durando poco tiempo, marquen menos...". También es interesante la manera en que los beneficios al pueblo deben proporcionarse: "...poco a poco, para ser mejor saboreados...".

Capítulo IX - Del principado civil

Lo que se puede denominar principado civil, dado que no se requiere gran valor o fortuna, sino astucia. Este se alcanza por el favor de los grandes o del pueblo. En las ciudades se encuentran estas dos disposiciones, siendo que el pueblo no quiere ser oprimido por los grandes y los grandes desean mandar y oprimir al pueblo. De estos dos apetitos nacen los efectos: el principado, la libertad o el liderazgo.

El principado es obra del pueblo o de los grandes según la oportunidad acogida por uno u otro. Los grandes se dan cuenta de que no pueden oponerse al pueblo, comienzan a promover la reputación de un miembro del pueblo y lo hacen príncipe. Este, para conservarse en el poder, tiene dificultades. Ya el pueblo, dándose cuenta de su incapacidad para oponerse a los grandes, concede prestigio a alguien y lo convierte en príncipe, para que mediante su autoridad sea defendido. Este ayuda al pueblo sin tener dificultades, pues está rodeado de otros que le parecen iguales.

Por otro lado, aquel que alcanza la condición de príncipe gracias al pueblo se encuentra solo, no teniendo a su alrededor a nadie o muy pocos que no estén listos para obedecerle. Puede honestamente y sin perjuicio de otros satisfacer a los grandes, pero ciertamente puede satisfacer al pueblo, pues este tiene un propósito mucho más honrado que los grandes: estos desean oprimir y el pueblo no dejarse oprimir.

Lo peor que el príncipe puede esperar de un pueblo hostil es ser abandonado por él; pero los grandes hostiles no solo deben temer que lo abandonen, sino también que lo ataquen. Este príncipe debe vivir siempre con el mismo pueblo, pero no siempre con los mismos grandes.

Para un príncipe es necesario contar con la amistad del pueblo, de lo contrario no habrá soluciones en las adversidades. Un príncipe sabio debe pensar en un modo por el cual sus ciudadanos, siempre y en cualquier circunstancia, necesiten del Estado y de él, con lo cual ellos le serán siempre fieles.

Capítulo X - Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados

Los príncipes capaces de conservarse por sí solos, que pueden, por abundancia de hombres y de dinero, constituir un ejército fuerte y enfrentar a cualquier asaltante. Estos ejércitos deben ser regidos por leyes. De este modo, este principado tendrá una ciudad fortificada, pero que no se haga odiar.

La naturaleza humana obliga al hombre a agradecer los beneficios recibidos. Se puede concluir que no será difícil para un príncipe prudente garantizarse de su pueblo.

Capítulo XI - Los principados Eclesiásticos

Para estos aparecen todo tipo de obstáculos, porque se obtienen por mérito o por fortuna, pero se mantienen por la rutina de la religión. Estas son tan fuertes que consiguen mantener a sus príncipes, sin importar la vida que lleven. Por este poder, tales principados se consideran seguros y felices.

Cabe esperar que, si algunos hicieron poderoso al Papado con las armas, el pontífice actual, por su bondad y muchas otras virtudes, lo haga más fuerte y venerado.

Capítulo XII - De las especies de milicias y de los soldados mercenarios

Es necesario que un príncipe tenga fundamentos sólidos; como buenas leyes y principios. Como no existen buenas leyes donde no hay armas, por lo tanto, las fuerzas con las que un príncipe conserva su Estado son propias o mercenarias, auxiliares o mixtas. Las mercenarias y auxiliares son inútiles y peligrosas, pues no están realmente ligadas al príncipe, son ambiciosas, indisciplinadas, infieles, insolentes con los amigos y cobardes como enemigos, no temen a Dios ni hacen fe en los hombres. Siendo así, el príncipe solo retrasa su propia ruina.
El príncipe debe hacerse capitán; la República enviará a ese cargo a uno de sus ciudadanos, pero si es desafortunado, debe sustituirlo inmediatamente. Pero si este revela su valor, la República debe asegurarse mediante leyes de sus atribuciones.
Los capitanes se apartaban de sí y de sus soldados el miedo y el trabajo, ahorrándose en los combates y haciéndose prender unos a otros sin rescate. A ellos todo les estaba permitido en su código militar, cuyo objetivo era evitar el trabajo y los peligros. De este modo esclavizaron e infamaron Italia.

CAPÍTULO XIII - De las tropas auxiliares, mixtas y nativas

Las tropas auxiliares son enviadas por poderosos en tu ayuda. Estas pueden ser buenas y útiles, pero en caso de derrota, estás abatido y en caso de victoria, serás su prisionero. Las fuerzas mercenarias, después de una victoria, necesitan más tiempo para causar mal, pues fueron organizadas y son remuneradas por ti.

Todos los príncipes prudentes repelían este tipo de tropas, las auxiliares, siempre preferían sus propias tropas para así llegar a una victoria de hecho.
Con esta observación de diferentes tropas, se concluye que sin poseer tropas propias, ningún príncipe está garantizado de no tener contratiempos. Las fuerzas propias se componen de súbditos o ciudadanos, o de siervos; todas las demás son mercenarias o auxiliares.

CAPÍTULO XIV - De los deberes del príncipe para con las tropas

CAPÍTULO XV - De las razones por las cuales los hombres y sobre todo los príncipes son alabados o vituperados

CAPÍTULO XVI - De la liberalidad y la parcimonia

CAPÍTULO XVII - De la crueldad y la piedad - si es preferible ser amado o temido

CAPÍTULO XVIII - De qué manera deben los príncipes guardar la fe de la palabra dada
El príncipe no debe tener otro fin ni otro pensamiento que la guerra, su reglamento y disciplina, pues esa es la única arte que se atribuye a quien comanda. Ella es de tal poder que no solo mantiene a los que nacieron príncipes, sino que muchas veces eleva a esa cualidad a ciudadanos de condición particular. Un príncipe no versado en milicia, además de otras desventuras, como se dijo, no puede tener la estima de sus soldados ni confiar en ellos.
Un príncipe sabio debe considerar las historias de otros países y meditar las acciones de hombres ilustres, estudiar las razones de sus derrotas y victorias y jamás estar ocioso en tiempos de paz; debe sí, de modo inteligente, ir formando un caudal del que saque provecho en las adversidades, para estar en cualquier momento preparado para resistirlas.

Los príncipes se hacen notables por las cualidades que les acarrean reprobación o alabanza. Cualquiera reconocerá que sería muy loable que un príncipe poseyera todas las características tenidas por buenas; pero la condición del hombre es tal que no permite la posesión completa de ellas; es preciso que el príncipe sea tan prudente que sepa evitar los defectos que le quitarían el gobierno y practicar las cualidades propias para garantizarle la posesión de este.
La liberalidad usada para que se difunda tu fama de liberal no es virtud; si se practica de modo virtuoso y como se debe, será ignorada y no escaparás de la mala fama de lo contrario. Por lo tanto, no pudiendo usar de esta virtud sin perjuicio para sí mismo, debe él, siendo prudente, despreciar la mancha de avaro, pues con el tiempo podrá demostrar que es siempre más liberal, pues verá el pueblo que la parcimonia del príncipe hace que le baste su receta, pudiendo defenderse de quienes le hacen la guerra, y de este modo está siendo liberal para todos aquellos de quienes nada saca, que son muchos, y avaro para aquellos a quienes nada da, que son muy pocos. Es más prudente tener fama de miserable, lo que acarrea mala fama sin odio, que, para tener fama de liberal, ser elevado a incurrir también en la de remesa, lo que constituye infamia odiosa.

Cada príncipe debe querer ser considerado piadoso y no cruel; no obstante, debe cuidar de emplear de modo conveniente esta piedad. No debe, pues, importar al príncipe la mancha de cruel para conservar a sus súbditos unidos y con fe, porque, con pequeñas excepciones, es más piadoso que por exceso de clemencia dejan que surjan desórdenes, de las cuales pueden originarse asesinatos o rapiñas. Es que tales consecuencias perjudican a todo el pueblo y las ejecuciones perjudican a uno solo. Mucho más seguro es ser temido que amado cuando se esté obligado a fallar en una de las dos. Los hombres dudan menos en ofender a quienes se hacen amar que a aquellos que se hacen temer. Debe el príncipe hacerse temer de modo que, si no es amado, al menos evite el odio, pues es fácil ser al mismo tiempo temido y no odiado. Por lo tanto, un príncipe sabio ama a los hombres como quieren ser amados, y siendo temido por ellos como quiera, debe afirmarse en lo que es suyo y no sobre lo ajeno. En fin, debe solo evitar ser odiado.

Hay dos formas de combatir: una, por las leyes, otra por la fuerza. La primera es natural del hombre, la segunda de los animales. Al príncipe le es preciso, sin embargo, saber emplear de manera conveniente al animal y al hombre, y una desacompañada de la otra es origen de inestabilidad. No puede un príncipe de prudencia, ni debe, guardar la palabra empeñada cuando eso le es perjudicial y cuando los motivos que lo determinaron dejen de existir. Un príncipe no puede seguir todas las cosas tenidas por buenas, siendo muchas veces obligado a actuar contra la caridad, la fe, la humanidad, la religión. En las actitudes de los hombres, sobre todo de los príncipes, importa solo el éxito bueno o malo. Trate, por lo tanto, de vencer y conservar el Estado, pues los medios que emplee serán siempre juzgados honrosos y alabados, ya que el vulgo se deja llevar por apariencias y por las consecuencias de los hechos consumados, y el mundo está formado por el vulgo, y no habrá lugar para la minoría si la mayoría no encuentra lugar para apoyarse.

Capítulo XIX - De cómo se debe evitar el desprecio o el odio

El príncipe busca evitar aquello que lo haga odioso o despreciable y siempre que actúe así, cumplirá su deber y no encontrará ningún peligro en otros defectos. Lo que lo hace sobre todo odioso es ser rapaz y usurpador de los bienes y de las mujeres y de sus súbditos. Lo vuelve despreciable el ser tenido como voluble, ligero, afeminado, cobarde e irresoluto. Tales cosas deben ser evitadas del mismo modo que el navegante evita una roca. Debe él hacer que en sus acciones se reconozca la grandeza, el coraje, la gravedad y la fortaleza, y en cuanto a las acciones particulares de sus súbditos, debe hacer que su presencia sea irrevocable, comportándose de tal manera que nadie piense engañarlo o hacerlo cambiar de idea.
Deberá defenderse de estos con buenas armas y buenos aliados, y teniendo armas siempre tendrá buenos amigos. Los negocios internos, por su parte, estarán estabilizados si están estabilizadas las cosas externas, a no ser aquellos que ya estén perturbados por una conspiración. A propósito de los súbditos, debe temerse que siempre conspiren en secreto, y si ha logrado que el pueblo esté satisfecho con él. A un príncipe poco debe importarle las conspiraciones si es querido del pueblo, pues si este es su enemigo y lo odia, debe temer todo y a todos. Debe estimar a los poderosos, pero no hacerse odiado por el pueblo.
Y es preciso notar que el odio se adquiere o por las malas acciones. Por eso, un príncipe que desea conservar el Estado, frecuentemente se ve obligado a no ser bueno, porque cuando la mayoría, sea pueblo, senado o grandes, de la que juzga tener necesidad para conservar el poder, es corrupta, es conveniente que siga su pensamiento para satisfacerla y, así, las buenas acciones se ven perjudicadas.
Cabe notar en este punto que los asesinatos, deliberados por hombres obstinados, son imposibles de evitar por los Príncipes, porque cualquiera que no tema a la muerte podrá ejecutarlos; sin embargo, el Príncipe no debe asustarse, pues son rarísimos. Solo debe evitar injuriar gravemente a algunas de las personas que utiliza y que tiene a su lado al servicio de su gobierno, como hizo Antonino. Este había asesinado indignamente a un hermano de aquel centurión y lo amenazaba a este aún diariamente, pero, no obstante eso, lo mantuvo a su servicio, lo que era cosa temeraria y capaz de arruinarlo, como sucedió.
Sin embargo, quien observe lo narrado, entenderá que el odio y el desprecio fueron motivos de la ruina de muchos emperadores y conocerá aún los motivos por los cuales algunos de ellos, actuando de una forma y otros de modo contrario, algunos terminaron bien y otros tuvieron triste fin.

Capítulo XX - Si las fortalezas y tantas otras cosas que cotidianamente se hacen por el príncipe son útiles o no

Algunos Príncipes, para conservar con seguridad el Estado, dejaron desarmados a sus súbditos, otros repartieron las ciudades conquistadas, manteniendo facciones para que combatieran mutuamente, otros alimentaron enemistades contra sí mismos, otros se entregaron a la conquista del apoyo de aquellos que les eran sospechosos al principio de su Gobierno, otros construyeron fortalezas.
Sacar las armas, lo principal para ofenderlos, dando a entender que desconfía de ellos o que es cobarde. Cualquiera de estas opiniones levantará odio contra ti. No hubo Príncipe en un principado nuevo que siempre organizara la fuerza armada, pero un Príncipe que conquista un nuevo Estado, que sea anexo al dominio, entonces se hace preciso desarmar aquel Estado, menos aquellos que hayan ayudado a conquistarlo; e incluso a estos es preciso, con el tiempo, volverlos apáticos y moles, de manera que todas las armas de ese Estado estén con tus soldados, que junto a ti vivían en el antiguo Estado.

Muchas veces, los servicios de los ex adversarios sirven mejor al Príncipe que los de aquellos que, por demasiada seguridad, negligencian los intereses del Príncipe.
Considerando todas estas cosas, alabaremos a los que edifiquen fortalezas y aún a los que no las construyan, y lamentaremos a los que, confiando en tales medios de defensa, no se preocupen por el hecho de que el pueblo los odie.

Capítulo XXI - Lo que un príncipe debe hacer para ser estimado

Nada hace a un príncipe tan estimado como las grandes empresas y dar de sí raros ejemplos. Un príncipe debe tener cuidado de no aliarse con uno más poderoso, a menos que sea impelido por la necesidad, porque, venciendo, quedará preso del aliado; y los príncipes deben evitar a toda costa estar a merced de otro.
Debe un príncipe mostrarse amante de las virtudes y honrar a aquellos que se destacan en algún arte.

Capítulo XXII - De los ministros de los príncipes

La elección de sus ministros no es una cosa de mínima importancia. Para que un príncipe pueda conocer bien al ministro, existe este modo que jamás falla: cuando percibes que el ministro piensa más en sí mismo que en ti, y que en todas sus acciones procura obtener provecho personal, puedes estar seguro de que él no es bueno, y nunca podrás confiarte en él; aquel que dirige los negocios del Estado no debe jamás pensar en sí mismo, sino siempre en el príncipe, y nunca recordarle cosas que estén fuera de la esfera del Estado.

El príncipe, para asegurarse del ministro, debe pensar en él, honrándolo, haciéndolo rico, haciendo que contraiga obligaciones contigo, haciéndolo partícipe de honras y cargos, de modo que las muchas honras no le traigan el deseo de otras.

Capítulo XXIII - De cómo se evitan los aduladores

Otra manera de protegerse de la adulación no existe, sino hacer que los hombres comprendan que no te ofenden al decir la verdad; pero cuando todos pueden decirte la verdad, te faltarán al respeto. Un príncipe prudente debe, pues, comportarse de una tercera manera, eligiendo en su Estado hombres sabios y solo a estos conceder el derecho de decirle la verdad al respecto, pero solo sobre las cosas que él les pregunte.
Un príncipe debe, pues, aconsejarse siempre, pero cuando él juzgue que debe hacerlo y no cuando los otros lo deseen. Incluso, si juzga que alguien, por miedo, no le dice la verdad, el príncipe no debe dejar de mostrar su disgusto. Se concluye de esto que los buenos consejos, vengan de donde vengan, nacen de la prudencia del príncipe y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos.

Capítulo XXIV - Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados

Un príncipe nuevo es mucho más vigilado en sus actos que uno hereditario, y cuando estos actos muestran virtud, atraen mucho más a los hombres y los obligan mucho más que la antigüedad de la sangre. Esto se debe a que los hombres están mucho más ligados a las cosas del presente que a aquellas del pasado, y cuando encuentran el bien en estas, se contentan y nada más buscan; antes bien, tomarán la defensa del príncipe si este no falla en lo demás en sus promesas.
De este modo, estos nuestros príncipes que, durante muchos años, poseyeron sus principados, para luego perderlos, no culpen a la fortuna, sino a su propia ignavia; porque jamás pensando en los buenos tiempos que los tiempos podrían cambiar (y es común en los hombres no preocuparse, en la bonanza, con las tempestades), cuando llegaron los tiempos adversos, pensaron en huir y no defenderse, y esperaron que las poblaciones, cansadas de la insolencia de los vencedores, los reclamaran otra vez.
No querrías caer solo porque crees que encontrarás quien te levante. Esto, o no sucede, o, cuando sucede, no te traerá seguridad, porque es un medio de defensa débil lo que de ti no depende. Y son siempre buenos, ciertos y duraderos los medios de defensa que dependen de ti mismo y de tu valor.

Capítulo XXV - De cuánto puede la suerte en las cosas humanas y de qué manera se debe resistirle

No desconozco que muchos tienen y tuvieron la opinión de que las cosas del mundo son dirigidas por la fortuna y por Dios, de modo que la prudencia humana no puede corregirlas, y ni siquiera les aporta ningún remedio. Esto sucede con los ríos impetuosos que, cuando se enfurecen, inundan las llanuras, destruyen los árboles, los edificios, todo cede a su ímpetu, sin poder obstaculizarlo; pero no es menos cierto que los hombres pueden, cuando el río se calma, provisionarse de diques para que de la próxima cólera del río, este pase por canales que ciertamente contendrán parte de los estragos. Lo mismo sucede con la fortuna: su poder se manifiesta donde no hay resistencia organizada.
Con respecto a los caminos que conducen a los hombres a los fines que buscan, pueden ser diversos. Se observa que dos individuos para llegar al mismo objetivo pueden actuar de manera totalmente diversa; en contrapartida, dos hombres actuando de la misma manera pueden no llegar a los mismos resultados. Pero con toda certeza, de cualquier manera que se porte el hombre, debe modificar su modo de actuar de acuerdo con el tiempo y las cosas.
Concluyo, pues, diciendo que, modificándose la fortuna y conservando los hombres, con obstinación, su modo de proceder, son felices mientras ese modo de actuar y las particularidades del tiempo combinen. Al no combinar, serán infelices.

Capítulo XXVI - Exhortación al príncipe para librar a Italia de las manos de los Bárbaros

De este modo, habiendo quedado como sin vida, aguarda Italia aquel que pueda curar sus heridas y poner fin al saqueo de Lombardía, a los tributos del reino de Nápoles y de Toscana, y que cure sus llagas, ya hace tiempo podridas. Se percibe que pide a Dios que le mande a alguien que la redima de tales crueldades e insolencias de extranjeros. Se ve incluso que se halla dispuesta y lista a seguir una bandera, desde que exista quien la levante. Aquí hay mucho valor en el pueblo, aunque falten jefes. Observad, en los duelos y torneos, cuánto los italianos son superiores en fuerza, destreza e inteligencia. Tratándose, sin embargo, de ejércitos, tales cualidades no llegan a mostrarse. Y todo deriva de la debilidad de los jefes, pues los que saben no son obedecidos y todos creen saber mucho, no habiendo surgido hasta el momento ninguno cuyo valor o suerte sea de tanto relieve que obligue a los demás a abrirle camino. Es por este motivo que en tanto tiempo, en tantas guerras que se dieron en estos últimos veinte años, todo ejército enteramente italiano siempre salió mal.
Es preciso, por lo tanto, preparar las armas, para poder defenderse de los extranjeros con la propia bravura italiana. Y no obstante que se consideren formidables las infanterías suiza y española, ambas tienen defectos, de manera que una tercera potencia, que llegara a crearse, podría no solo oponerse, sino tener confianza en la victoria. Se puede, pues, conociendo los defectos de estas dos infanterías, organizar una tercera que resista a la caballería y no tema a su rival. Y de ahí vendrá la formación de una generación de guerreros y la alteración de los métodos. Y son estas cosas las que, reorganizadas, dan reputación y grandeza a un príncipe nuevo.

No se debe, pues, dejar escapar esta oportunidad, a fin de que Italia, después de tanto tiempo, encuentre un redentor. Ya apesta, para todos, este dominio de bárbaros. Tomad, por lo tanto, vuestra ilustre casa esta tarea con aquel ánimo y aquella fe con que las buenas causas son abrazadas, a fin de que, bajo vuestro blasón, esta patria se ennoblezca, y bajo vuestros auspicios se cumpla aquella expresión de Petrarca.

APÉNDICE - Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori

Magnífico embajador. Las gracias de Dios nunca tardan. Digo tal porque me parecía no haber perdido vuestra gracia, sino debilitado, habiendo vosotros estado tanto tiempo sin escribirme, y estaba yo en duda de dónde pudiera venir la razón. Y a todas las que acudían a mi mente daba poca importancia, menos a aquella por la cual dudaba que no hubierais dejado de escribirme, porque os hubiera sido dicho que yo no era buen conservador de vuestras cartas; y sabía yo que, excluyendo a Felippo y Pagolo, otros no las habían visto de mí. No puedo, pues, deseando rendiros iguales gracias, deciros en esta misiva otra cosa que mi vida, y si juzgáis que deba cambiarla por la vuestra, me quedaría satisfecho en cambiarla. Y como dijo Dante, no puede la ciencia de aquel que no guardó lo que escuchó - anoto aquello de que por vuestra conversación hice caudal y compuse un opúsculo DE PRINCIPATIBUS, donde me profundizo lo más que puedo en las cogitaciones de este asunto, debatiendo qué es principado, de cuántas especies son, cómo se conquistan, cómo se pueden mantener, por qué se pierden; y si alguna vez os agradó una fantasía mía, no debería esta desagradaros. Y de mi fe no se debería dudar, pues siempre he observado la fe, no voy ahora a quebrantarla; y quien fue fiel y bueno durante cuarenta y tres años, que son los que tengo, no debe poder cambiar su naturaleza; y de mi fe y bondad es testimonio mi pobreza. Quería, por lo tanto, que aún me escribierais lo que sobre este asunto os parezca, y a vos me recomiendo.

Extractos de los discursos de Maquiavelo sobre las décadas de Tito Livio

[Comentado por Napoleón Bonaparte]

I - Es difícil que un pueblo, habituado a vivir bajo el mando de un príncipe y habiendo caído, por alguna eventualidad, bajo un gobierno republicano, permanezca en él.

II - Un pueblo corrompido en estado republicano se mantiene con gran dificultad.

III - Cuando un Estado monárquico comenzó bien, un príncipe débil puede mantenerse en él, pero no hay ningún reino que pueda sostenerse cuando el sucesor de ese príncipe es tan débil como el propio.

Los príncipes son débiles cuando no están siempre listos para hacer la guerra.

IV - El príncipe que entra en un Estado nuevo para él debe renovarlo totalmente.

Quienquiera que se convierta en príncipe de un Estado, o provincia, particularmente cuando está débilmente afianzado en ellos. Es preciso establecer nuevos gobiernos como nuevos nombres en las ciudades, una nueva autoridad y nuevos hombres, como hizo David al convertirse en rey: debe edificar nuevas ciudades, destruir las viejas, llevar moradores de un lugar a otro, es decir, no dejar nada inalterado en esa provincia.

Aquel que desee reinar sobre una nueva provincia, descuidando esta sabia alternativa de vivir como particular, debe hacer este mal si quiere mantenerse.

V - El populacho es atrevido, pero en el fondo es débil.

Estoy seguro, por lo tanto, de que la buena o mala disposición de un pueblo debe tenerse en poca cuenta si te encuentras en situación de poder contenerlo y de poder proveer para no ser ofendido por ningún individuo bien o mal dispuesto.

Las malas disposiciones provenientes de estas causas son formidables, se necesitan mayores remedios para deprimirlas y contenerlas, mientras que esto es más fácil en las otras malas disposiciones, siempre que en los pueblos no dispongan de jefes a quienes puedan recurrir.

Por esta razón, un vulgo sublevado que quisiera evitar tales peligros, debería elegir un jefe, pensar en su defensa, como hizo la masa de Roma. Cuando la plebe no toma tales cuidados, siempre le sucede lo que dijo Tito Livio, es decir, que todos juntos son audaces y que luego cada uno se vuelve cobarde y débil cuando empieza a pensar en el peligro que lo amenaza.

No creo que se pueda decir que entre los que nacieron de humilde condición y llegaron a empuñar un cetro existía al menos uno que lo haya hecho por la fuerza y la debilidad.

Aquello que los príncipes necesitan hacer para su elevación es también necesario en las nuevas repúblicas, hasta que se hayan tornado poderosas y que necesiten solo de fuerza para sostenerse.

VI - Quienquiera que llegue de una baja condición a la más alta elevación logra mucho más con el fraude que con la fuerza.

VII - El príncipe que, a través de su deferencia con los gobernados, cree temperar su audacia, generalmente se equivoca.

Se ha constatado frecuentemente que esta palabra no es tan solo inútil de todo, como perjudicial, principalmente cuando la ejerces con hombres insolentes que, por envidia u otros motivos, te odian.

Un príncipe, por lo tanto, no debe jamás permitir rebajarse de su posición ni abandonar cosa alguna, a menos que no pueda o crea no poder retener lo que se le obliga a ceder. Vale casi siempre, cuando la cosa ha llegado a un punto en que no se puede cederla de buen grado, que se la deje llevar por la fuerza, en lugar de dejar que sea robada por medio de esta. Cuando cedes por miedo es para evitar una guerra y frecuentemente, no se puede ceder de buen grado, que se la deje llevar por la fuerza en lugar de dejar que sea robada por medio de esta. Cuando la cedes por miedo es para evitar una guerra y, frecuentemente, no la evitas. Aquel a quien, por efecto de visible cobardía, hayas concedido lo que quería, no se detendrá solo en eso.

VIII - Cuán peligroso es para un príncipe, así como para una república, no castigar los ultrajes practicados contra una nación o contra un particular.

Se puede percibir cuánta indignación causada por la impunidad de los culpables debe ocasionar de mal si se considera lo que sucedió a los romanos por no haber castigado la perfidia de sus tres embajadores con respecto a los franceses para los cuales se había enviado a Clusio.

Los franceses, habiendo conocido que eran honrados aquellos que merecían simplemente el castigo, miraron esa conducta como ofensiva e ignominiosa para sí mismos e, indignados e iracundos, se lanzaron sobre Roma y la tomaron, con excepción del Capitolio.

Esta desgracia no sucedió a los romanos tan solo porque habían faltado a la justicia, sino porque sus embajadores, que debían ser castigados por haber trabajado criminalmente contra el derecho de las naciones, fueron colmados de honores por esta infamia. ¡Cuiden, pues, tanto los príncipes! Visto que, si ofendido gravemente por alguien, individuo o Estado, y no recibiendo satisfacción de ello, se vengará de forma funesta para el Estado.

El príncipe nunca debe menospreciar a ninguno de sus súbditos que crea que, juntando su propia injuria a la que uno de ellos le haya por ventura hecho, particular o cortesano, tenga la idea de vengarse del príncipe, aun cuando atraiga la desgracia para su propia persona.

IX - La fortuna ciega el espíritu de los hombres cuando no quiere que se opongan a sus propios designios.

Si se consideran los rumbos de las cosas humanas, se reconocerá que frecuentemente ocurren accidentes contra los cuales los cielos no desearon que los hombres pudieran preservarse.

Nada es más verdadero que esta conclusión: los hombres, cuya vida fue formada de grandes adversidades o de perenne prosperidad, no merecen censuras ni elogios.
Cuando la fortuna desea que grandes cosas sean hechas, trabaja con competencia eligiendo a un hombre de gran genio para conocer las ocasiones que le va a presentar y de valores bastante extensos para aprovecharse de ellas.
Es un verdadero que los hombres puedan ayudar a la fortuna; pueden dirigir, no cortar el hilo de sus operaciones. Sin embargo, nunca deben desanimarse, porque no sabiendo el fin a que ella lleva y caminando por sendas controvertidas y desconocidas, siempre deben esperar y, consecuentemente, sostenerse con la esperanza sin ninguna circunstancia crítica o incómoda en la que se encuentren.

X - Un gobierno debe evitar confiar cargos o administraciones de alguna importancia a quienes haya ofendido.
Esta verdad es tan evidente que basta exponer aquí el ejemplo que nos presta la historia romana.
Cuando vemos que el resentimiento ejerce tal influjo sobre un ciudadano romano, en los tiempos en que Roma no estaba corrompido, debemos prever cuánto puede hacer en un ciudadano de un Estado en el que se ha introducido la corrupción y en el que las almas están desprovistas de toda antigua magnanimidad romana.

XI - Por qué los franceses fueron y son aún mirados, al inicio del combate, como más que hombres y menos que mujeres cuando este se prolonga.
Para demostrar mi opinión debo observar que existen algunos tipos de ejércitos: el primero es aquel en el que el orden se conjuga con el furor y en el que el furor y la valentía provienen del orden reinante: tal fue el efecto que los romanos observaron en sus ejércitos.
Otra especie de ejército es aquella en la que no hay furor natural ni orden occidental; tales son los ejércitos italianos de nuestro tiempo, que son por esta razón absolutamente inútiles.

XII - Del genio de los franceses

Los genios franceses conocen con tanta rapidez los beneficios y perjuicios del momento que conservan escasa memoria de los bienes y males pasados y poco se inquietan con el bien o mal futuros.

XIII - Pintura de las cosas de Francia

Los franceses son, por naturaleza, más fogosos que atrevidos o diestros y cuando alguien resiste a su furor en la primera embestida se vuelven humildes y pierden tanto el valor que se vuelven tan cobardes como mujeres.
No soportan la estrechez y la falta de confort, y el tiempo los afloja tanto en campaña que, si es posible hacerlos esperar, se desbandan y entonces es fácil vencerlos... Por lo tanto, aquel que desee triunfar sobre ellos, que los contenga en su primer asalto, que los entretenga para ganar tiempo y los vencerá. Por esto decía César que los franceses - galos - eran, inicialmente, más que hombres y al final, menos que mujeres.

XIV - Detalles de Castruccio Castracani, señor de Lucca

En una batalla terrible que Castruccio Castracani sostenía contra los florentinos, viendo que esta había durado lo suficiente para que estuvieran tan cansados como sus propias tropas, mandó que se adelantaran mil elementos de infantería a través de los suyos y ordenó a los últimos que estaban en la vanguardia que se abrieran y hicieran un movimiento de retorno, unos a la derecha y otros a la izquierda, como si se retiraran.
Castruccio tenía la costumbre de decir que los hombres deben experimentar todo y no asustarse de nada; que Dios ama a los hombres valerosos, teniendo en cuenta que debemos castigar a los débiles por intermedio.

Mandó matar a un ciudadano de Lucca que había contribuido a su elevación y como le lanzaran a la cara el hecho de haber hecho morir a un amigo, respondió que incurrían en error, puesto que había mandado matar solo a un nuevo enemigo.

Bibliografía

MACHIAVELLI, Niccolò. El Príncipe; comentado por Napoleón Bonaparte; traducción de Torrieri Guimarães. São Paulo: Hemus-Livraria Editora Ltda., 1977
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COMENTADO POR NAPOLEÓN BONAPARTE

Introducción

Como Segundo Canciller de Florencia, Maquiavelo, tuvo una vida política muy activa. Era una época de cambios, el sistema feudal estaba siendo reemplazado por la producción capitalista, las soberanías eran absorbidas por las monarquías y existía una centralización del poder en Europa, excepto en Italia.

Maquiavelo, entonces, participaba de encuentros con las cortes extranjeras para hacer acuerdos políticos. La experiencia de su vida se relata en este libro, mostrando al hombre común las verdaderas intenciones de un gobernante ambicioso.

Niccolò Machiavelli - Al magnificente Lorenzo, hijo de Piero de Médici

Los príncipes siempre reciben buenos regalos, que están a su altura, pero no encontré entre mis posesiones nada más que las experiencias que adquirí a lo largo de mi vida, y que ahora remito a Vuestra Magnificencia, reducidas en un pequeño volumen.

Por lo tanto, he aceptado este pequeño regalo, y al leer esta obra, mi deseo es que alcance aquella grandeza que la fortuna y las demás cualidades le aseguran.

Capítulo I - De cuántas especies son los principados y de cuántas maneras se adquieren

Los Estados pueden ser repúblicas o principados, que fueron heredados de sangre, o adquiridos recientemente. Los nuevos, tales como Milán con Francesco Sforza, o tales miembros unidos a un Estado que recibe por herencia un príncipe, tal el reino de Nápoles al rey de España. Estos dominios recibidos, están sujetos a un príncipe o son libres, y se adquieren por tropas ajenas o propias.

Capítulo II - De los principados hereditarios

No hablaré de las repúblicas, sino solo de los principados, e intentaré mostrar cómo los principados heredados pueden ser gobernados y mantenidos. Los Estados ligados a la familia de su príncipe, tienen menores dificultades para gobernarse que los nuevos, pues basta no abandonar el procedimiento de los antecesores; si el príncipe es inteligente, se conservará en el poder.

En Italia, por ejemplo, tenemos al duque de Ferrara, que se opuso a la invasión de los venecianos en 1484, y a la del Papa Julio en 1510, solo porque el dominio de su familia era antiguo, y era evidente que se tornara más querido.

Capítulo III - De los principados mixtos

La mayor dificultad está en los principados nuevos, que también pueden ser un Estado reunido al hereditario, al que podríamos llamar principado mixto, esto porque el pueblo se rebela contra el nuevo príncipe que ha tenido que ofender a los nuevos súbditos con su tropa y a través de otras ofensas que una reciente conquista provoca.

Entonces serán sus enemigos todos aquellos que fueron perjudicados con la ocupación del principado, y sus amigos serán aquellos que lo colocaron allí porque estaban insatisfechos, e incluso si está fortalecido, no podrá ser violento contra ellos porque necesita de las buenas gracias de los habitantes. Este fue el error de Luis XII, Rey de Francia, cuando ocupó Milán, que tuvo al mismo pueblo que le abrió las puertas, en su contra, cuando se dio cuenta de que se equivocaba respecto al bien que traería aquel príncipe.

Los Estados conquistados y añadidos a un Estado antiguo, siendo en la misma provincia y de idéntica lengua, se someten fácilmente, sobre todo si no tienen la costumbre de vivir libres.

Para los Estados con lenguas diferentes, pero con las mismas costumbres, el conquistador, para conservarlos, debe tener en mira dos reglas: primera, extinguir el lenguaje del antiguo príncipe; segunda, no modificar leyes e impuestos.

Ya en una provincia con lengua, costumbres y legislación diferentes, la forma más eficaz de conquistar es que el príncipe vaya a habitarla; así podrá acabar con los desórdenes tan pronto como surjan; de lo contrario, cuando llegue la noticia, será tarde para actuar. Otra manera es formar colonias en algunos lugares de la provincia conquistada.

Los Romanos organizaron colonias en las provincias conquistadas, véase en la provincia de Grecia, Roma fomentó a los Aqueos y a los Etolios, sometió el reino de los Macedonios, expulsó a Antíoco.

El deseo de conquista es algo realmente natural y común, y los hombres que pueden satisfacerlo serán siempre alabados y nunca censurados. Pero quienes no pueden hacerlo y quieren hacerlo de cualquier manera, están en error y merecen censura.

Capítulo IV - Razón por la cual el Reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se rebeló con los sucesores de este

El hecho de que Alejandro Magno conquistara Asia en pocos años y luego muriera de inmediato, y que el pueblo no se rebelara contra sus sucesores, es asombroso. De los principados que recordamos, dos son las formas de gobernarse: o por príncipes asistidos por ministros, o por un príncipe y barones.

Tales barones tienen dominio y súbditos propios, que los reconocen como señores y les dedican afecto natural.

Ahora, considerando la naturaleza del gobierno de Darío, se verá que es similar a la del sultán de Turquía. Si fue necesario para Alejandro desbaratar al enemigo en bloque tras la victoria, muerto Darío, tuvo el estado seguro. Y los sucesores de Alejandro, si hubieran mantenido la unión, podrían haber disfrutado ociosamente de aquel reino; no hubo allí otras turbulencias sino aquellas que ellos mismos provocaron.

La conquista de un pueblo no es mérito solo del vencedor, sino de las diferencias de los pueblos subyugados.

Capítulo V - Del modo de mantener ciudades o principados que antes de ser ocupados se gobernaban por leyes propias

Explicación de cómo conservar gobiernos con ideologías natas. Por más que se infiltren nuevas ideologías, las antiguas leyes del principado perdurarán hasta que el nuevo principado transgreda las reglas antiguas y declare nuevas reglas, siempre que se permita que "...repose la memoria de la libertad perdida."

Capítulo VI - De los principados nuevos que se conquistan por las armas y con nobleza
Cita de ejemplos de Moisés, Teseo, entre otros, que por virtud propia se convirtieron en príncipes.

Capítulo VII - De los principados nuevos que se conquistan con armas y con virtudes ajenas
El autor discurre sobre César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, cuyas conquistas fueron impulsadas por el poder de la posición de su padre y, luego, por alianzas con personas de mano más firme que él, como Ramiro de Lorca.

Capítulo VIII - De quienes llegaron al principado por el crimen

En este capítulo el autor trata el hecho de alcanzar el principado a través de "...actos malos o nefastos...". Cabe destacar la forma en que Maquiavelo propone la manera en que deben exponerse las injurias al pueblo, según él "...todas de una sola vez, para que, durando poco tiempo, marquen menos...". También es interesante la manera en que los beneficios al pueblo deben proporcionarse: "...poco a poco, para ser mejor saboreados...".

Capítulo IX - Del principado civil

Lo que se puede denominar principado civil, dado que no se requiere gran valor o fortuna, sino astucia. Este se alcanza por el favor de los grandes o del pueblo. En las ciudades se encuentran estas dos disposiciones, siendo que el pueblo no quiere ser oprimido por los grandes y los grandes desean mandar y oprimir al pueblo. De estos dos apetitos nacen los efectos: el principado, la libertad o el liderazgo.

El principado es obra del pueblo o de los grandes según la oportunidad acogida por uno u otro. Los grandes se dan cuenta de que no pueden oponerse al pueblo, comienzan a promover la reputación de un miembro del pueblo y lo hacen príncipe. Este, para conservarse en el poder, tiene dificultades. Ya el pueblo, dándose cuenta de su incapacidad para oponerse a los grandes, concede prestigio a alguien y lo convierte en príncipe, para que mediante su autoridad sea defendido. Este ayuda al pueblo sin tener dificultades, pues está rodeado de otros que le parecen iguales.

Por otro lado, aquel que alcanza la condición de príncipe gracias al pueblo se encuentra solo, no teniendo a su alrededor a nadie o muy pocos que no estén listos para obedecerle. Puede honestamente y sin perjuicio de otros satisfacer a los grandes, pero ciertamente puede satisfacer al pueblo, pues este tiene un propósito mucho más honrado que los grandes: estos desean oprimir y el pueblo no dejarse oprimir.

Lo peor que el príncipe puede esperar de un pueblo hostil es ser abandonado por él; pero los grandes hostiles no solo deben temer que lo abandonen, sino también que lo ataquen. Este príncipe debe vivir siempre con el mismo pueblo, pero no siempre con los mismos grandes.

Para un príncipe es necesario contar con la amistad del pueblo, de lo contrario no habrá soluciones en las adversidades. Un príncipe sabio debe pensar en un modo por el cual sus ciudadanos, siempre y en cualquier circunstancia, necesiten del Estado y de él, con lo cual ellos le serán siempre fieles.

Capítulo X - Cómo deben medirse las fuerzas de todos los principados

Los príncipes capaces de conservarse por sí solos, que pueden, por abundancia de hombres y de dinero, constituir un ejército fuerte y enfrentar a cualquier asaltante. Estos ejércitos deben ser regidos por leyes. De este modo, este principado tendrá una ciudad fortificada, pero que no se haga odiar.

La naturaleza humana obliga al hombre a agradecer los beneficios recibidos. Se puede concluir que no será difícil para un príncipe prudente garantizarse de su pueblo.

Capítulo XI - Los principados Eclesiásticos

Para estos aparecen todo tipo de obstáculos, porque se obtienen por mérito o por fortuna, pero se mantienen por la rutina de la religión. Estas son tan fuertes que consiguen mantener a sus príncipes, sin importar la vida que lleven. Por este poder, tales principados se consideran seguros y felices.

Cabe esperar que, si algunos hicieron poderoso al Papado con las armas, el pontífice actual, por su bondad y muchas otras virtudes, lo haga más fuerte y venerado.

Capítulo XII - De las especies de milicias y de los soldados mercenarios

Es necesario que un príncipe tenga fundamentos sólidos; como buenas leyes y principios. Como no existen buenas leyes donde no hay armas, por lo tanto, las fuerzas con las que un príncipe conserva su Estado son propias o mercenarias, auxiliares o mixtas. Las mercenarias y auxiliares son inútiles y peligrosas, pues no están realmente ligadas al príncipe, son ambiciosas, indisciplinadas, infieles, insolentes con los amigos y cobardes como enemigos, no temen a Dios ni hacen fe en los hombres. Siendo así, el príncipe solo retrasa su propia ruina.
El príncipe debe hacerse capitán; la República enviará a ese cargo a uno de sus ciudadanos, pero si es desafortunado, debe sustituirlo inmediatamente. Pero si este revela su valor, la República debe asegurarse mediante leyes de sus atribuciones.
Los capitanes se apartaban de sí y de sus soldados el miedo y el trabajo, ahorrándose en los combates y haciéndose prender unos a otros sin rescate. A ellos todo les estaba permitido en su código militar, cuyo objetivo era evitar el trabajo y los peligros. De este modo esclavizaron e infamaron Italia.

CAPÍTULO XIII - De las tropas auxiliares, mixtas y nativas

Las tropas auxiliares son enviadas por poderosos en tu ayuda. Estas pueden ser buenas y útiles, pero en caso de derrota, estás abatido y en caso de victoria, serás su prisionero. Las fuerzas mercenarias, después de una victoria, necesitan más tiempo para causar mal, pues fueron organizadas y son remuneradas por ti.

Todos los príncipes prudentes repelían este tipo de tropas, las auxiliares, siempre preferían sus propias tropas para así llegar a una victoria de hecho.
Con esta observación de diferentes tropas, se concluye que sin poseer tropas propias, ningún príncipe está garantizado de no tener contratiempos. Las fuerzas propias se componen de súbditos o ciudadanos, o de siervos; todas las demás son mercenarias o auxiliares.

CAPÍTULO XIV - De los deberes del príncipe para con las tropas

CAPÍTULO XV - De las razones por las cuales los hombres y sobre todo los príncipes son alabados o vituperados

CAPÍTULO XVI - De la liberalidad y la parcimonia

CAPÍTULO XVII - De la crueldad y la piedad - si es preferible ser amado o temido

CAPÍTULO XVIII - De qué manera deben los príncipes guardar la fe de la palabra dada
El príncipe no debe tener otro fin ni otro pensamiento que la guerra, su reglamento y disciplina, pues esa es la única arte que se atribuye a quien comanda. Ella es de tal poder que no solo mantiene a los que nacieron príncipes, sino que muchas veces eleva a esa cualidad a ciudadanos de condición particular. Un príncipe no versado en milicia, además de otras desventuras, como se dijo, no puede tener la estima de sus soldados ni confiar en ellos.
Un príncipe sabio debe considerar las historias de otros países y meditar las acciones de hombres ilustres, estudiar las razones de sus derrotas y victorias y jamás estar ocioso en tiempos de paz; debe sí, de modo inteligente, ir formando un caudal del que saque provecho en las adversidades, para estar en cualquier momento preparado para resistirlas.

Los príncipes se hacen notables por las cualidades que les acarrean reprobación o alabanza. Cualquiera reconocerá que sería muy loable que un príncipe poseyera todas las características tenidas por buenas; pero la condición del hombre es tal que no permite la posesión completa de ellas; es preciso que el príncipe sea tan prudente que sepa evitar los defectos que le quitarían el gobierno y practicar las cualidades propias para garantizarle la posesión de este.
La liberalidad usada para que se difunda tu fama de liberal no es virtud; si se practica de modo virtuoso y como se debe, será ignorada y no escaparás de la mala fama de lo contrario. Por lo tanto, no pudiendo usar de esta virtud sin perjuicio para sí mismo, debe él, siendo prudente, despreciar la mancha de avaro, pues con el tiempo podrá demostrar que es siempre más liberal, pues verá el pueblo que la parcimonia del príncipe hace que le baste su receta, pudiendo defenderse de quienes le hacen la guerra, y de este modo está siendo liberal para todos aquellos de quienes nada saca, que son muchos, y avaro para aquellos a quienes nada da, que son muy pocos. Es más prudente tener fama de miserable, lo que acarrea mala fama sin odio, que, para tener fama de liberal, ser elevado a incurrir también en la de remesa, lo que constituye infamia odiosa.

Cada príncipe debe querer ser considerado piadoso y no cruel; no obstante, debe cuidar de emplear de modo conveniente esta piedad. No debe, pues, importar al príncipe la mancha de cruel para conservar a sus súbditos unidos y con fe, porque, con pequeñas excepciones, es más piadoso que por exceso de clemencia dejan que surjan desórdenes, de las cuales pueden originarse asesinatos o rapiñas. Es que tales consecuencias perjudican a todo el pueblo y las ejecuciones perjudican a uno solo. Mucho más seguro es ser temido que amado cuando se esté obligado a fallar en una de las dos. Los hombres dudan menos en ofender a quienes se hacen amar que a aquellos que se hacen temer. Debe el príncipe hacerse temer de modo que, si no es amado, al menos evite el odio, pues es fácil ser al mismo tiempo temido y no odiado. Por lo tanto, un príncipe sabio ama a los hombres como quieren ser amados, y siendo temido por ellos como quiera, debe afirmarse en lo que es suyo y no sobre lo ajeno. En fin, debe solo evitar ser odiado.

Hay dos formas de combatir: una, por las leyes, otra por la fuerza. La primera es natural del hombre, la segunda de los animales. Al príncipe le es preciso, sin embargo, saber emplear de manera conveniente al animal y al hombre, y una desacompañada de la otra es origen de inestabilidad. No puede un príncipe de prudencia, ni debe, guardar la palabra empeñada cuando eso le es perjudicial y cuando los motivos que lo determinaron dejen de existir. Un príncipe no puede seguir todas las cosas tenidas por buenas, siendo muchas veces obligado a actuar contra la caridad, la fe, la humanidad, la religión. En las actitudes de los hombres, sobre todo de los príncipes, importa solo el éxito bueno o malo. Trate, por lo tanto, de vencer y conservar el Estado, pues los medios que emplee serán siempre juzgados honrosos y alabados, ya que el vulgo se deja llevar por apariencias y por las consecuencias de los hechos consumados, y el mundo está formado por el vulgo, y no habrá lugar para la minoría si la mayoría no encuentra lugar para apoyarse.

Capítulo XIX - De cómo se debe evitar el desprecio o el odio

El príncipe busca evitar aquello que lo haga odioso o despreciable y siempre que actúe así, cumplirá su deber y no encontrará ningún peligro en otros defectos. Lo que lo hace sobre todo odioso es ser rapaz y usurpador de los bienes y de las mujeres y de sus súbditos. Lo vuelve despreciable el ser tenido como voluble, ligero, afeminado, cobarde e irresoluto. Tales cosas deben ser evitadas del mismo modo que el navegante evita una roca. Debe él hacer que en sus acciones se reconozca la grandeza, el coraje, la gravedad y la fortaleza, y en cuanto a las acciones particulares de sus súbditos, debe hacer que su presencia sea irrevocable, comportándose de tal manera que nadie piense engañarlo o hacerlo cambiar de idea.
Deberá defenderse de estos con buenas armas y buenos aliados, y teniendo armas siempre tendrá buenos amigos. Los negocios internos, por su parte, estarán estabilizados si están estabilizadas las cosas externas, a no ser aquellos que ya estén perturbados por una conspiración. A propósito de los súbditos, debe temerse que siempre conspiren en secreto, y si ha logrado que el pueblo esté satisfecho con él. A un príncipe poco debe importarle las conspiraciones si es querido del pueblo, pues si este es su enemigo y lo odia, debe temer todo y a todos. Debe estimar a los poderosos, pero no hacerse odiado por el pueblo.
Y es preciso notar que el odio se adquiere o por las malas acciones. Por eso, un príncipe que desea conservar el Estado, frecuentemente se ve obligado a no ser bueno, porque cuando la mayoría, sea pueblo, senado o grandes, de la que juzga tener necesidad para conservar el poder, es corrupta, es conveniente que siga su pensamiento para satisfacerla y, así, las buenas acciones se ven perjudicadas.
Cabe notar en este punto que los asesinatos, deliberados por hombres obstinados, son imposibles de evitar por los Príncipes, porque cualquiera que no tema a la muerte podrá ejecutarlos; sin embargo, el Príncipe no debe asustarse, pues son rarísimos. Solo debe evitar injuriar gravemente a algunas de las personas que utiliza y que tiene a su lado al servicio de su gobierno, como hizo Antonino. Este había asesinado indignamente a un hermano de aquel centurión y lo amenazaba a este aún diariamente, pero, no obstante eso, lo mantuvo a su servicio, lo que era cosa temeraria y capaz de arruinarlo, como sucedió.
Sin embargo, quien observe lo narrado, entenderá que el odio y el desprecio fueron motivos de la ruina de muchos emperadores y conocerá aún los motivos por los cuales algunos de ellos, actuando de una forma y otros de modo contrario, algunos terminaron bien y otros tuvieron triste fin.

Capítulo XX - Si las fortalezas y tantas otras cosas que cotidianamente se hacen por el príncipe son útiles o no

Algunos Príncipes, para conservar con seguridad el Estado, dejaron desarmados a sus súbditos, otros repartieron las ciudades conquistadas, manteniendo facciones para que combatieran mutuamente, otros alimentaron enemistades contra sí mismos, otros se entregaron a la conquista del apoyo de aquellos que les eran sospechosos al principio de su Gobierno, otros construyeron fortalezas.
Sacar las armas, lo principal para ofenderlos, dando a entender que desconfía de ellos o que es cobarde. Cualquiera de estas opiniones levantará odio contra ti. No hubo Príncipe en un principado nuevo que siempre organizara la fuerza armada, pero un Príncipe que conquista un nuevo Estado, que sea anexo al dominio, entonces se hace preciso desarmar aquel Estado, menos aquellos que hayan ayudado a conquistarlo; e incluso a estos es preciso, con el tiempo, volverlos apáticos y moles, de manera que todas las armas de ese Estado estén con tus soldados, que junto a ti vivían en el antiguo Estado.

Muchas veces, los servicios de los ex adversarios sirven mejor al Príncipe que los de aquellos que, por demasiada seguridad, negligencian los intereses del Príncipe.
Considerando todas estas cosas, alabaremos a los que edifiquen fortalezas y aún a los que no las construyan, y lamentaremos a los que, confiando en tales medios de defensa, no se preocupen por el hecho de que el pueblo los odie.

Capítulo XXI - Lo que un príncipe debe hacer para ser estimado

Nada hace a un príncipe tan estimado como las grandes empresas y dar de sí raros ejemplos. Un príncipe debe tener cuidado de no aliarse con uno más poderoso, a menos que sea impelido por la necesidad, porque, venciendo, quedará preso del aliado; y los príncipes deben evitar a toda costa estar a merced de otro.
Debe un príncipe mostrarse amante de las virtudes y honrar a aquellos que se destacan en algún arte.

Capítulo XXII - De los ministros de los príncipes

La elección de sus ministros no es una cosa de mínima importancia. Para que un príncipe pueda conocer bien al ministro, existe este modo que jamás falla: cuando percibes que el ministro piensa más en sí mismo que en ti, y que en todas sus acciones procura obtener provecho personal, puedes estar seguro de que él no es bueno, y nunca podrás confiarte en él; aquel que dirige los negocios del Estado no debe jamás pensar en sí mismo, sino siempre en el príncipe, y nunca recordarle cosas que estén fuera de la esfera del Estado.

El príncipe, para asegurarse del ministro, debe pensar en él, honrándolo, haciéndolo rico, haciendo que contraiga obligaciones contigo, haciéndolo partícipe de honras y cargos, de modo que las muchas honras no le traigan el deseo de otras.

Capítulo XXIII - De cómo se evitan los aduladores

Otra manera de protegerse de la adulación no existe, sino hacer que los hombres comprendan que no te ofenden al decir la verdad; pero cuando todos pueden decirte la verdad, te faltarán al respeto. Un príncipe prudente debe, pues, comportarse de una tercera manera, eligiendo en su Estado hombres sabios y solo a estos conceder el derecho de decirle la verdad al respecto, pero solo sobre las cosas que él les pregunte.
Un príncipe debe, pues, aconsejarse siempre, pero cuando él juzgue que debe hacerlo y no cuando los otros lo deseen. Incluso, si juzga que alguien, por miedo, no le dice la verdad, el príncipe no debe dejar de mostrar su disgusto. Se concluye de esto que los buenos consejos, vengan de donde vengan, nacen de la prudencia del príncipe y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos.

Capítulo XXIV - Por qué los príncipes de Italia perdieron sus Estados

Un príncipe nuevo es mucho más vigilado en sus actos que uno hereditario, y cuando estos actos muestran virtud, atraen mucho más a los hombres y los obligan mucho más que la antigüedad de la sangre. Esto se debe a que los hombres están mucho más ligados a las cosas del presente que a aquellas del pasado, y cuando encuentran el bien en estas, se contentan y nada más buscan; antes bien, tomarán la defensa del príncipe si este no falla en lo demás en sus promesas.
De este modo, estos nuestros príncipes que, durante muchos años, poseyeron sus principados, para luego perderlos, no culpen a la fortuna, sino a su propia ignavia; porque jamás pensando en los buenos tiempos que los tiempos podrían cambiar (y es común en los hombres no preocuparse, en la bonanza, con las tempestades), cuando llegaron los tiempos adversos, pensaron en huir y no defenderse, y esperaron que las poblaciones, cansadas de la insolencia de los vencedores, los reclamaran otra vez.
No querrías caer solo porque crees que encontrarás quien te levante. Esto, o no sucede, o, cuando sucede, no te traerá seguridad, porque es un medio de defensa débil lo que de ti no depende. Y son siempre buenos, ciertos y duraderos los medios de defensa que dependen de ti mismo y de tu valor.

Capítulo XXV - De cuánto puede la suerte en las cosas humanas y de qué manera se debe resistirle

No desconozco que muchos tienen y tuvieron la opinión de que las cosas del mundo son dirigidas por la fortuna y por Dios, de modo que la prudencia humana no puede corregirlas, y ni siquiera les aporta ningún remedio. Esto sucede con los ríos impetuosos que, cuando se enfurecen, inundan las llanuras, destruyen los árboles, los edificios, todo cede a su ímpetu, sin poder obstaculizarlo; pero no es menos cierto que los hombres pueden, cuando el río se calma, provisionarse de diques para que de la próxima cólera del río, este pase por canales que ciertamente contendrán parte de los estragos. Lo mismo sucede con la fortuna: su poder se manifiesta donde no hay resistencia organizada.
Con respecto a los caminos que conducen a los hombres a los fines que buscan, pueden ser diversos. Se observa que dos individuos para llegar al mismo objetivo pueden actuar de manera totalmente diversa; en contrapartida, dos hombres actuando de la misma manera pueden no llegar a los mismos resultados. Pero con toda certeza, de cualquier manera que se porte el hombre, debe modificar su modo de actuar de acuerdo con el tiempo y las cosas.
Concluyo, pues, diciendo que, modificándose la fortuna y conservando los hombres, con obstinación, su modo de proceder, son felices mientras ese modo de actuar y las particularidades del tiempo combinen. Al no combinar, serán infelices.

Capítulo XXVI - Exhortación al príncipe para librar a Italia de las manos de los Bárbaros

De este modo, habiendo quedado como sin vida, aguarda Italia aquel que pueda curar sus heridas y poner fin al saqueo de Lombardía, a los tributos del reino de Nápoles y de Toscana, y que cure sus llagas, ya hace tiempo podridas. Se percibe que pide a Dios que le mande a alguien que la redima de tales crueldades e insolencias de extranjeros. Se ve incluso que se halla dispuesta y lista a seguir una bandera, desde que exista quien la levante. Aquí hay mucho valor en el pueblo, aunque falten jefes. Observad, en los duelos y torneos, cuánto los italianos son superiores en fuerza, destreza e inteligencia. Tratándose, sin embargo, de ejércitos, tales cualidades no llegan a mostrarse. Y todo deriva de la debilidad de los jefes, pues los que saben no son obedecidos y todos creen saber mucho, no habiendo surgido hasta el momento ninguno cuyo valor o suerte sea de tanto relieve que obligue a los demás a abrirle camino. Es por este motivo que en tanto tiempo, en tantas guerras que se dieron en estos últimos veinte años, todo ejército enteramente italiano siempre salió mal.
Es preciso, por lo tanto, preparar las armas, para poder defenderse de los extranjeros con la propia bravura italiana. Y no obstante que se consideren formidables las infanterías suiza y española, ambas tienen defectos, de manera que una tercera potencia, que llegara a crearse, podría no solo oponerse, sino tener confianza en la victoria. Se puede, pues, conociendo los defectos de estas dos infanterías, organizar una tercera que resista a la caballería y no tema a su rival. Y de ahí vendrá la formación de una generación de guerreros y la alteración de los métodos. Y son estas cosas las que, reorganizadas, dan reputación y grandeza a un príncipe nuevo.

No se debe, pues, dejar escapar esta oportunidad, a fin de que Italia, después de tanto tiempo, encuentre un redentor. Ya apesta, para todos, este dominio de bárbaros. Tomad, por lo tanto, vuestra ilustre casa esta tarea con aquel ánimo y aquella fe con que las buenas causas son abrazadas, a fin de que, bajo vuestro blasón, esta patria se ennoblezca, y bajo vuestros auspicios se cumpla aquella expresión de Petrarca.

APÉNDICE - Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori

Magnífico embajador. Las gracias de Dios nunca tardan. Digo tal porque me parecía no haber perdido vuestra gracia, sino debilitado, habiendo vosotros estado tanto tiempo sin escribirme, y estaba yo en duda de dónde pudiera venir la razón. Y a todas las que acudían a mi mente daba poca importancia, menos a aquella por la cual dudaba que no hubierais dejado de escribirme, porque os hubiera sido dicho que yo no era buen conservador de vuestras cartas; y sabía yo que, excluyendo a Felippo y Pagolo, otros no las habían visto de mí. No puedo, pues, deseando rendiros iguales gracias, deciros en esta misiva otra cosa que mi vida, y si juzgáis que deba cambiarla por la vuestra, me quedaría satisfecho en cambiarla. Y como dijo Dante, no puede la ciencia de aquel que no guardó lo que escuchó - anoto aquello de que por vuestra conversación hice caudal y compuse un opúsculo DE PRINCIPATIBUS, donde me profundizo lo más que puedo en las cogitaciones de este asunto, debatiendo qué es principado, de cuántas especies son, cómo se conquistan, cómo se pueden mantener, por qué se pierden; y si alguna vez os agradó una fantasía mía, no debería esta desagradaros. Y de mi fe no se debería dudar, pues siempre he observado la fe, no voy ahora a quebrantarla; y quien fue fiel y bueno durante cuarenta y tres años, que son los que tengo, no debe poder cambiar su naturaleza; y de mi fe y bondad es testimonio mi pobreza. Quería, por lo tanto, que aún me escribierais lo que sobre este asunto os parezca, y a vos me recomiendo.

Extractos de los discursos de Maquiavelo sobre las décadas de Tito Livio

[Comentado por Napoleón Bonaparte]

I - Es difícil que un pueblo, habituado a vivir bajo el mando de un príncipe y habiendo caído, por alguna eventualidad, bajo un gobierno republicano, permanezca en él.

II - Un pueblo corrompido en estado republicano se mantiene con gran dificultad.

III - Cuando un Estado monárquico comenzó bien, un príncipe débil puede mantenerse en él, pero no hay ningún reino que pueda sostenerse cuando el sucesor de ese príncipe es tan débil como el propio.

Los príncipes son débiles cuando no están siempre listos para hacer la guerra.

IV - El príncipe que entra en un Estado nuevo para él debe renovarlo totalmente.

Quienquiera que se convierta en príncipe de un Estado, o provincia, particularmente cuando está débilmente afianzado en ellos. Es preciso establecer nuevos gobiernos como nuevos nombres en las ciudades, una nueva autoridad y nuevos hombres, como hizo David al convertirse en rey: debe edificar nuevas ciudades, destruir las viejas, llevar moradores de un lugar a otro, es decir, no dejar nada inalterado en esa provincia.

Aquel que desee reinar sobre una nueva provincia, descuidando esta sabia alternativa de vivir como particular, debe hacer este mal si quiere mantenerse.

V - El populacho es atrevido, pero en el fondo es débil.

Estoy seguro, por lo tanto, de que la buena o mala disposición de un pueblo debe tenerse en poca cuenta si te encuentras en situación de poder contenerlo y de poder proveer para no ser ofendido por ningún individuo bien o mal dispuesto.

Las malas disposiciones provenientes de estas causas son formidables, se necesitan mayores remedios para deprimirlas y contenerlas, mientras que esto es más fácil en las otras malas disposiciones, siempre que en los pueblos no dispongan de jefes a quienes puedan recurrir.

Por esta razón, un vulgo sublevado que quisiera evitar tales peligros, debería elegir un jefe, pensar en su defensa, como hizo la masa de Roma. Cuando la plebe no toma tales cuidados, siempre le sucede lo que dijo Tito Livio, es decir, que todos juntos son audaces y que luego cada uno se vuelve cobarde y débil cuando empieza a pensar en el peligro que lo amenaza.

No creo que se pueda decir que entre los que nacieron de humilde condición y llegaron a empuñar un cetro existía al menos uno que lo haya hecho por la fuerza y la debilidad.

Aquello que los príncipes necesitan hacer para su elevación es también necesario en las nuevas repúblicas, hasta que se hayan tornado poderosas y que necesiten solo de fuerza para sostenerse.

VI - Quienquiera que llegue de una baja condición a la más alta elevación logra mucho más con el fraude que con la fuerza.

VII - El príncipe que, a través de su deferencia con los gobernados, cree temperar su audacia, generalmente se equivoca.

Se ha constatado frecuentemente que esta palabra no es tan solo inútil de todo, como perjudicial, principalmente cuando la ejerces con hombres insolentes que, por envidia u otros motivos, te odian.

Un príncipe, por lo tanto, no debe jamás permitir rebajarse de su posición ni abandonar cosa alguna, a menos que no pueda o crea no poder retener lo que se le obliga a ceder. Vale casi siempre, cuando la cosa ha llegado a un punto en que no se puede cederla de buen grado, que se la deje llevar por la fuerza, en lugar de dejar que sea robada por medio de esta. Cuando cedes por miedo es para evitar una guerra y frecuentemente, no se puede ceder de buen grado, que se la deje llevar por la fuerza en lugar de dejar que sea robada por medio de esta. Cuando la cedes por miedo es para evitar una guerra y, frecuentemente, no la evitas. Aquel a quien, por efecto de visible cobardía, hayas concedido lo que quería, no se detendrá solo en eso.

VIII - Cuán peligroso es para un príncipe, así como para una república, no castigar los ultrajes practicados contra una nación o contra un particular.

Se puede percibir cuánta indignación causada por la impunidad de los culpables debe ocasionar de mal si se considera lo que sucedió a los romanos por no haber castigado la perfidia de sus tres embajadores con respecto a los franceses para los cuales se había enviado a Clusio.

Los franceses, habiendo conocido que eran honrados aquellos que merecían simplemente el castigo, miraron esa conducta como ofensiva e ignominiosa para sí mismos e, indignados e iracundos, se lanzaron sobre Roma y la tomaron, con excepción del Capitolio.

Esta desgracia no sucedió a los romanos tan solo porque habían faltado a la justicia, sino porque sus embajadores, que debían ser castigados por haber trabajado criminalmente contra el derecho de las naciones, fueron colmados de honores por esta infamia. ¡Cuiden, pues, tanto los príncipes! Visto que, si ofendido gravemente por alguien, individuo o Estado, y no recibiendo satisfacción de ello, se vengará de forma funesta para el Estado.

El príncipe nunca debe menospreciar a ninguno de sus súbditos que crea que, juntando su propia injuria a la que uno de ellos le haya por ventura hecho, particular o cortesano, tenga la idea de vengarse del príncipe, aun cuando atraiga la desgracia para su propia persona.

IX - La fortuna ciega el espíritu de los hombres cuando no quiere que se opongan a sus propios designios.

Si se consideran los rumbos de las cosas humanas, se reconocerá que frecuentemente ocurren accidentes contra los cuales los cielos no desearon que los hombres pudieran preservarse.

Nada es más verdadero que esta conclusión: los hombres, cuya vida fue formada de grandes adversidades o de perenne prosperidad, no merecen censuras ni elogios.
Cuando la fortuna desea que grandes cosas sean hechas, trabaja con competencia eligiendo a un hombre de gran genio para conocer las ocasiones que le va a presentar y de valores bastante extensos para aprovecharse de ellas.
Es un verdadero que los hombres puedan ayudar a la fortuna; pueden dirigir, no cortar el hilo de sus operaciones. Sin embargo, nunca deben desanimarse, porque no sabiendo el fin a que ella lleva y caminando por sendas controvertidas y desconocidas, siempre deben esperar y, consecuentemente, sostenerse con la esperanza sin ninguna circunstancia crítica o incómoda en la que se encuentren.

X - Un gobierno debe evitar confiar cargos o administraciones de alguna importancia a quienes haya ofendido.
Esta verdad es tan evidente que basta exponer aquí el ejemplo que nos presta la historia romana.
Cuando vemos que el resentimiento ejerce tal influjo sobre un ciudadano romano, en los tiempos en que Roma no estaba corrompido, debemos prever cuánto puede hacer en un ciudadano de un Estado en el que se ha introducido la corrupción y en el que las almas están desprovistas de toda antigua magnanimidad romana.

XI - Por qué los franceses fueron y son aún mirados, al inicio del combate, como más que hombres y menos que mujeres cuando este se prolonga.
Para demostrar mi opinión debo observar que existen algunos tipos de ejércitos: el primero es aquel en el que el orden se conjuga con el furor y en el que el furor y la valentía provienen del orden reinante: tal fue el efecto que los romanos observaron en sus ejércitos.
Otra especie de ejército es aquella en la que no hay furor natural ni orden occidental; tales son los ejércitos italianos de nuestro tiempo, que son por esta razón absolutamente inútiles.

XII - Del genio de los franceses

Los genios franceses conocen con tanta rapidez los beneficios y perjuicios del momento que conservan escasa memoria de los bienes y males pasados y poco se inquietan con el bien o mal futuros.

XIII - Pintura de las cosas de Francia

Los franceses son, por naturaleza, más fogosos que atrevidos o diestros y cuando alguien resiste a su furor en la primera embestida se vuelven humildes y pierden tanto el valor que se vuelven tan cobardes como mujeres.
No soportan la estrechez y la falta de confort, y el tiempo los afloja tanto en campaña que, si es posible hacerlos esperar, se desbandan y entonces es fácil vencerlos... Por lo tanto, aquel que desee triunfar sobre ellos, que los contenga en su primer asalto, que los entretenga para ganar tiempo y los vencerá. Por esto decía César que los franceses - galos - eran, inicialmente, más que hombres y al final, menos que mujeres.

XIV - Detalles de Castruccio Castracani, señor de Lucca

En una batalla terrible que Castruccio Castracani sostenía contra los florentinos, viendo que esta había durado lo suficiente para que estuvieran tan cansados como sus propias tropas, mandó que se adelantaran mil elementos de infantería a través de los suyos y ordenó a los últimos que estaban en la vanguardia que se abrieran y hicieran un movimiento de retorno, unos a la derecha y otros a la izquierda, como si se retiraran.
Castruccio tenía la costumbre de decir que los hombres deben experimentar todo y no asustarse de nada; que Dios ama a los hombres valerosos, teniendo en cuenta que debemos castigar a los débiles por intermedio.

Mandó matar a un ciudadano de Lucca que había contribuido a su elevación y como le lanzaran a la cara el hecho de haber hecho morir a un amigo, respondió que incurrían en error, puesto que había mandado matar solo a un nuevo enemigo.

Bibliografía

MACHIAVELLI, Niccolò. El Príncipe; comentado por Napoleón Bonaparte; traducción de Torrieri Guimarães. São Paulo: Hemus-Livraria Editora Ltda., 1977
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