La novela La Hora de la Estrella, de Clarice Lispector, fue publicada por Francisco Alves Editora, 17ª edición, de la cual se extrajeron las citas utilizadas en el análisis.
Rodrigo S.M., narrador omnisciente, cuenta la historia de Macabéa, personaje protagonista, venida de Alagoas a Río de Janeiro, donde vivía con cuatro compañeros de piso más, además de trabajar como mecanógrafa (muy mala, por cierto).
Macabéa es una mujer común, a la que nadie miraría, o mejor dicho, a la que cualquiera despreciaría: cuerpo enjuto, enferma, fea, malos hábitos de higiene. Además, era presa fácil de la propaganda y la industria cultural (por ejemplo, su mayor deseo era ser como Marilyn Monroe, símbolo sexual de la época). Nuestra personaje no sabe quién es, lo que la hace incapaz de imponerse frente a cualquiera.
Empieza a salir con Olímpico de Jesus, un nordestino ambicioso, que no ve en ella posibilidades de ascenso social de ningún tipo. Por ello, la abandona para quedarse con Gloria, compañera de trabajo de Macabéa; al fin y al cabo, su padre era carnicero, lo que le sugería la posibilidad de una mejora económica.
Triste, nuestra personaje busca consuelo en la vidente, que predice que ella finalmente sería feliz... la felicidad vendría del "extranjero".
En cierto modo, es lo que ocurre: al salir de la casa de la vidente, Macabéa es atropellada por Hans, que conducía un lujoso Mercedes-Benz. Esta es su "hora de la estrella", momento de liberación para alguien que, al fin y al cabo, "vivía en una ciudad hecha toda contra ella".
"Mientras tenga preguntas y no haya respuesta, seguiré escribiendo. (...) Pensar es un acto. Sentir es un hecho."
Existe la necesidad constante de descubrir el principio, pero el hombre, limitado como es, no conoce la respuesta a todas las preguntas. La personaje narradora no es diferente de los demás hombres, sin embargo, aun sin saber tales respuestas, de algo está segura y, por ello, afirma: "Todo en el mundo empezó con un sí." Hay que decir sí para que algo empiece, por eso, ella dice "sí" a Macabéa. Alguien que forzó su nacimiento, su salida de dentro del narrador, convirtiéndose en la nordestina, personaje protagonista de su novela.
Es el grito del narrador que aparece en el cuerpo de Macabéa: "Pero la persona de la que hablaré mal tiene cuerpo para vender, nadie la quiere, es virgen e inocua, no le hace falta a nadie. Por cierto - descúbrelo ahora - tampoco a mí me hace la menor falta, e incluso lo que escribo otro lo escribiría. Otro escritor sí, pero tendría que ser hombre porque una escritora mujer puede lloriquear cursi."
Así, ella es una entre tantas, pues ¿quién miraría a alguien con "cuerpo cariado", enjuto, trajes sucios, ovarios incapaces de reproducir? Con ella el narrador se identifica, pues él tampoco hizo nada especial (cualquiera escribiría lo que él escribe); tendría que ser escritor, pero nunca escritora; por otro lado, no se puede olvidar que quien escribe es Clarice Lispector, según se afirma en la dedicatoria.
De esta forma, se desencadena, en la primera parte del libro, todo un proceso de metalenguaje, que entrecortará la narrativa hasta su desenlace. El narrador hombre - Rodrigo S. M. - tejerá reflexiones sobre la posición que el escritor ocupa en la sociedad, su papel ante ella y, principalmente, sobre el proceso de elaboración de la escritura de su obra:
"Escribo en este instante con previo pudor por invadiros con tal narrativa tan exterior y explícita. De dónde sin embargo hasta sangre jadeante de tan viva de vida podrá quién sabe escurrir y coagular en cubos de gelatina temblorosa. ¿Será esa historia algún día mi coágulo?
¿Qué sé yo? Si hay veracidad en ella - y está claro que la historia es verdadera aunque inventada - que cada uno se reconozca en sí mismo porque todos somos uno y quien no tiene pobreza de dinero tiene pobreza de espíritu o nostalgia por faltarle cosa más preciosa que el oro - existe a quien le falte lo delicado esencial.
Me propongo que no sea complejo lo que escribiré, aunque esté obligado a usar las palabras que os sustentan. La historia - determino con falso libre albedrío - tendrá unos siete personajes y yo soy uno de los más importantes de ellos, está claro. Yo, Rodrigo S. M. Relato antiguo, este, pues no quiero ser moderno e inventar modas a guisa de originalidad. Así es que experimentaré contra mis hábitos una historia con principio, medio y 'gran final' seguido de silencio y lluvia cayendo."
Ironizando, repetidas veces, el deseo que los lectores tienen de la narrativa tradicional, Clarice Lispector (aquí transfigurada en el narrador Rodrigo S. M.), en contrapartida, no renuncia a sus características más marcantes, o sea, la reflexión, el elemento por encima de la trama, el "silencio y la lluvia cayendo", que marcarán a la personaje protagonista.
¿Cómo contar la vida sin mentirla? Para ello, pondera el narrador, la narrativa debe ser simple, sin arte. El narrador está harto de literatura. No usará "términos suculentos", "adjetivos esplendorosos", "carnosos sustantivos", verbos "esguilados que atraviesan agudos el aire en vías de acción". El lenguaje debe ser despojado para ser preciso y para poder alcanzar el cuerpo entero y vivo de la realidad.
¿Cómo escribe el narrador? "Verifico que escribo de oído así como aprendí inglés y francés de oído. ¿Antecedentes míos de escribir? Soy un hombre que tiene más dinero que los que pasan hambre, lo que me hace de algún modo un deshonesto. (...) ¿Qué más? Sí, no tengo clase social, marginado que soy. La clase alta me tiene como un monstruo extraño, la media con desconfianza de que pueda desequilibrarla, la clase baja nunca viene a mí."
Llegamos, aquí, al punto más importante de este trabajo de metalenguaje: la conciencia del escritor como un marginado. Es aquí donde el narrador se funde con su personaje: ambos son marginados, en un espacio que no los acepta. Tal fusión se da en todos los niveles - no solo en el deseo de simplicidad del lenguaje despojado; para poder hablar de Macabéa, el escritor se vuelve un trabajador manual, se hace pobre, duerme poco, adquiere ojeras profundas y oscuras, deja la barba sin afeitar, lidiando con una personaje que insiste, con diecinueve años, aun teniendo "cuerpo cariado", comparada a una "perra callejera", "en una ciudad hecha toda contra ella", en vivir. Así, personaje y narrador dan su grito de resistencia en busca de la vida.
La resistencia de Macabéa puede ser representada, por ejemplo, en los momentos en que sonríe en la calle a personas que ni siquiera la ven; la resistencia del narrador, en la búsqueda de la palabra, llena de sentidos secretos... la "cosa", que, cuando no existe, debe ser inventada (el narrador escritor como señor de la creación).
Tanto Macabéa como la palabra son piedras brutas a ser trabajadas. La palabra será la mediadora entre el narrador y el lector, y entre el lector y Macabéa, pues es por medio de ella que conoceremos la historia de la personaje, los hechos y, principalmente, el nacimiento de ellos. El narrador, al contar Macabéa, se cuenta a sí mismo, no solo por las sucesivas identificaciones con la personaje, sino porque ella sale de dentro de sí, inmanente que es a él ("pues la mecanógrafa no quiere salir de mis hombros.").
De esta unión, nace una nordestina venida de Alagoas a Río de Janeiro. Mecanógrafa, "lo que le daba alguna dignidad", haciéndole creer que tal profesión indicaba que "era alguien en la vida" (aquí, no le pasa por la cabeza que es una pésima profesional, semi-analfabeta... ella no tiene conciencia de nada de eso).
Alguien con apariencia bruta, capaz de enojar a sus cuatro compañeras de piso (en la pensión donde vivía), trabajadoras de las Lojas Americanas:
"... dormía con combinación de brina, con manchas bastante sospechosas de sangre pálida (...) Dormía con la boca abierta por el nariz tapada.
Ella había nacido con malos antecedentes y ahora parecía una hija de no-sé-qué con aire de disculparse por ocupar espacio. En el espejo examinó distraídamente las manchas del rostro. En Alagoas las llamaban 'paños', decían que venían del hígado. Disimulaba los paños con gruesa capa de polvo blanco y si quedaba medio encalada era mejor que el parduzco. Ella toda era un poco tiznada pues rara vez se lavaba. De día usaba falda y blusa, de noche dormía con combinación. Una compañera de piso no sabía cómo avisarle que su olor era enfermizo. Y como no lo sabía, se quedó así, pues tenía miedo de ofenderla. Nada en ella era iridiscente, aunque la piel del rostro entre las manchas tuviera un leve brillo de ópalo. Pero no importaba. Nadie la miraba en la calle, era café frío.
Se sonaba la nariz en la barra de la combinación. No tenía esa cosa delicada que se llama encanto. Solo yo la veo encantadora. Solo yo, su autor, la amo. Sufro por ella."
Su falta de percepción física acompaña a la psicológica. Comienza con el hecho de ser presa fácil de la sociedad consumista y de la industria cultural: le gusta coleccionar anuncios; sus escasos conocimientos se extraen de la Radio Reloj (informaciones oídas, pero nunca entendidas); le gusta el perrito caliente y la coca-cola. Acepta todo eso sin cuestionar, pues teme las conclusiones a las que puede llegar (se arrepiente en Cristo por todo, aunque no entienda qué significa eso; no se vengaba porque le dijeron que eso es "cosa infernal"; se enamora de lo desconocido, como en el caso de la palabra "efemérides", pero nunca buscaba, efectivamente, conocer lo incognoscible, pues era más fácil aceptar su existencia y admirarlo a distancia).
Consecuentemente, se convierte en una personaje "torcida", de tanto encajar en un medio que tanto la repele. El propio empleo de mecanógrafa es revelador: lo era por creer que este le daba alguna dignidad. Buscaba la dignidad, como si no tuviera derecho a ella. Otro dato revelador es su relación con Olímpico, disculpándose con él todo el tiempo, llegando a decirle que no es mucha gente, que solo sabe ser imposible. Ella no se defiende por sus propios valores, sino que intenta adaptarse a los valores de su novio, sin discutir nunca la validez de ellos.
Olímpico representa el contrapunto en relación a Macabéa. Sus valores en nada se relacionan con los de ella: metalúrgico, quiere ser diputado, alejarse de Macabéa y quedarse con Gloria, la rubia oxigenada, compañera de trabajo de Macabéa; al fin y al cabo, su padre era carnicero, lo que le daba mayores perspectivas de vida.
Y todo eso es, literalmente, tragado, tan deglutido, que no admite la idea de vomitar; al fin y al cabo, eso sería un desperdicio.
Al mismo tiempo, es sensual en sus pensamientos, o en los momentos de soledad, como cuando vio al hombre guapo en el bar, o aún cuando se quedó en casa - en lugar de ir a trabajar - viviendo la sensación de libertad. El placer en Macabéa es algo que siempre se une al dolor. Al ver al hombre, por ejemplo, a pesar del placer que tal visión le da, hay el sufrimiento por no poseerlo y por tener la certeza de que alguien así es solo para ser visto. Macabéa ya había experimentado esas sensaciones contradictorias con otra persona, la tía, que, al golpear a la niña, sentía placer al verla sufrir: "...y ella era solo ella", inmune a la vida, vida que era muerte, por tanta aceptación.
El instinto de vida, que está ligado al placer, viene a sustentarla. Dice el narrador: "Pienso en el sexo de Macabéa (...) su sexo era la única marca vehemente de su existencia."
Y aún, más adelante, ligando el placer a la muerte: "Ella nada podía pero su sexo exigía, como un girasol nacido en un túmulo."
¿De qué "relación sexual" se puede hablar en el caso de Macabéa? De la relación con la propia vida, que ella insiste en mantener, en su concepto tan particular de belleza: usaba pintalabios rojo, quería ser actriz de cine con Marylin Monroe, apreciaba los ruidos, pues eran vida.
Esas sensaciones se intensifican cuando va a la vidente Carlota (por recomendación de Gloria), en el momento en que esta le revela: la felicidad vendría de fuera, del extranjero. La vidente le muestra la tragedia que es su vida (cosa de la que, hasta el momento, no había tomado conciencia), pero, al mismo tiempo, le da la esperanza de creer que las cosas podrían ser diferentes... la posible felicidad.
Cuando sale de la casa de la vidente, es atropellada por Hans, que conducía un automóvil Mercedes-Benz, momento en que la vida se convierte en "un puñetazo en el estómago":
"Por ahora Macabéa no pasaba de un vago sentimiento en los adoquines sucios. (...)
Tanto estaba viva que se movió despacio y acomodó el cuerpo en posición fetal. Grotesca como siempre había sido. Esa reticencia a ceder, pero esa voluntad del gran abrazo. Se abrazaba a sí misma con voluntad del dulce nada. Era una maldita y no lo sabía. (...)"
Su muerte es el momento en que Eros (Amor) se une a Tanatos (Muerte), vida y muerte, en un momento dulce y sensual:
"Entonces - allí tumbada - tuvo una húmeda felicidad suprema, pues había nacido para el abrazo de la muerte. (...) Y había cierta sensualidad en el modo como se encogió. ¿O es como la pre-muerte se parece a la intensa ansia sensual? Es que su rostro recordaba un mueca de deseo. (...)
Si iba a morir, en la muerte pasaba de virgen a mujer. No, no era muerte pues no la quiero para la muchacha: solo un atropellamiento que no significaba ni siquiera un desastre. Su esfuerzo de vivir parecía una cosa que si nunca había experimentado, virgen que era, al menos había intuido, pues solo ahora entendía que mujer nace mujer desde el primer vagido. El destino de una mujer es ser mujer. Había intuido el instante casi doloroso y efervescente del desmayo del amor. Sí, doloroso reflorescimiento tan difícil que empleaba en él el cuerpo y la otra cosa que vosotros llamáis alma. (...)
En esta hora exacta, Macabéa siente una profunda náusea de estómago y casi vomita, quería vomitar lo que no es cuerpo, vomitar algo luminoso. Estrella de mil puntas.
¿Qué es lo que estoy viendo ahora y qué me asusta? Veo que vomitó un poco de sangre, vasto espasmo, al fin el âmago tocando en el âmago: ¡victoria!"
Su boca, ahora, roja como la de Marylin Monroe, en el apogeo orgásmico de la muerte, grita, por primera vez, después de vomitar, a la vida:
"Y entonces - entonces el súbito grito estertorado de una gaviota, de repente el águila voraz alzando hacia lo alto la oveja tierna, el suave gato destrozando un ratón sucio y cualquiera, la vida se come la vida."
Llegamos, por fin, al momento de la epifanía del narrador fusionado a Macabéa: es la vida que grita por sí misma, independiente de la opresión y de la marginación social. El momento, entrecortado por silencio, de la conciencia a la que se llega por el acto de escribir:
"(...) El instante es aquel átomo de tiempo en que el neumático del coche corriendo a gran velocidad toca el suelo y luego no lo toca más y luego lo toca de nuevo. Etc., etc., etc. En el fondo no había sido más que una cajita de música medio desafinada.
Os pregunto:
- ¿Cuál es el peso de la luz?
Y ahora - ahora solo me queda encender un cigarrillo e ir a casa. Dios mío, solo ahora me he acordado de que la gente se muere. Pero - ¿yo también?!
No olvidar que por ahora es tiempo de fresas.
Sí."
Por fin, descubrimos, ahora, que todo empieza y acaba con un sí. También es necesaria valentía para morir, silencio para oír el grito de la vida.
La novela La Hora de la Estrella, de Clarice Lispector, publicada por Francisco Alves Editora en su 17ª edición, sirve de base para este análisis. La narración es conducida por Rodrigo S.M., un narrador omnisciente que nos presenta a Macabéa, una joven nordestina originaria de Alagoas que emigra a Río de Janeiro en busca de una vida mejor. En la ciudad, comparte piso con cuatro compañeras y trabaja como mecanógrafa, oficio que desempeña de forma mediocre.
Macabéa es retratada como un personaje anónimo y marginalizado, despreciada por su físico poco agraciado, su fragilidad y sus deficientes hábitos de higiene. Su falta de identidad y su vulnerabilidad la convierten en un blanco fácil para la manipulación de la industria cultural y la propaganda, aspirando a emular a figuras como Marilyn Monroe.
La trama se complica cuando Macabéa inicia una relación con Olímpico de Jesus, un nordestino ambicioso que ve en ella un obstáculo para su progreso social. Olímpico la abandona para estar con Gloria, compañera de trabajo de Macabéa, atraído por las perspectivas económicas que le ofrece el padre de esta, un carnicero.
Desolada, Macabéa busca consuelo en una vidente, Carlota, quien le predice un futuro de felicidad a través de un "extranjero". Irónicamente, esta predicción se cumple de forma trágica: al salir de la consulta de Carlota, Macabéa es atropellada por Hans, conductor de un lujoso Mercedes-Benz. Este fatídico evento marca su "hora de la estrella", un instante de liberación del sufrimiento que la atormentaba.
La obra se adentra en profundas reflexiones sobre la existencia, el acto de escribir y la condición humana. Clarice Lispector, a través de Rodrigo S.M., explora la complejidad de la creación literaria y la relación entre el escritor y su obra. La narrativa se ve permeada por la metalenguaje, donde el narrador cuestiona su propio rol y la naturaleza de la escritura.
"Mientras tenga preguntas y no haya respuesta, seguiré escribiendo. (...) Pensar es un acto. Sentir es un hecho", afirma la narradora, subrayando la importancia de la introspección y la experiencia subjetiva. La noción de que "Todo en el mundo empezó con un sí" resalta la necesidad de afirmación y aceptación para que la vida y la creación puedan manifestarse.
Rodrigo S.M. se debate con la idea de la marginalización del escritor, sintiéndose desconectado de las diferentes clases sociales. Esta sensación de alienación se fusiona con la de Macabéa, quien también es una figura marginada. El narrador se identifica con la precariedad y la falta de reconocimiento de su personaje, llegando a desear simplificar su lenguaje y adoptar una postura más humilde para poder contar su historia.
La descripción detallada de Macabéa, su físico, sus hábitos y su entorno, revela la empatía del narrador hacia ella. A pesar de su apariencia descuidada y sus limitaciones, Macabéa posee una fuerza interior que la impulsa a vivir. Su resistencia se manifiesta en pequeños actos, como sonreír a desconocidos, y en su persistente voluntad de aferrarse a la vida, a pesar de las adversidades.
El texto subraya la dualidad de la existencia de Macabéa, donde el placer se entrelaza con el dolor. Su sexualidad, descrita como "la única marca vehemente de su existencia", se convierte en un símbolo de su vitalidad y su anhelo de conexión, incluso en la anticipación de la muerte.
La visita a la vidente Carlota representa un punto de inflexión, ya que Macabéa toma conciencia de su propia tragedia, pero al mismo tiempo vislumbra la posibilidad de un futuro mejor. La predicción de la felicidad que proviene del "extranjero" la llena de esperanza.
El atropellamiento por Hans marca el clímax de la novela. La muerte de Macabéa se presenta como un momento de unión entre Eros y Tánatos, vida y muerte, un instante de liberación sensual y, a la vez, de aceptación suprema. Su último aliento es un grito de vida, una explosión de instinto primario que desafía la opresión y la marginación.
La epifanía del narrador se produce al comprender la lucha intrínseca de la vida por subsistir. La metáfora de la "cajita de música medio desafinada" refleja la fragilidad y singularidad de Macabéa, mientras que la pregunta retórica "¿Cuál es el peso de la luz?" invita a la reflexión sobre la existencia y la percepción.
La novela concluye con la reafirmación de la importancia del "sí" como inicio y fin de todo, y con la necesidad de valentía y silencio para escuchar la voz de la vida. El texto de Clarice Lispector, a través de la historia de Macabéa, nos confronta con la complejidad de la condición humana, la búsqueda de identidad y la persistencia de la vida ante la adversidad.



