VIII
María se involucró en una rutina, se convirtió en ama de casa. Se despertaba por la mañana y preparaba el café para Alex y su hijo. Antes de las siete, ambos salían juntos. Alex a la filial del Plan de Salud, y Eduardo a la facultad. Las tardes de la joven transcurrían entre la limpieza, las compras y la preparación de la cena. Solo se animaba con la llegada de los muchachos.
Alex sentía un amor grandioso por María. La cortejaba a diario con flores, besos y abrazos, pero dejaba mucho que desear. ¿Qué? —pregunta mi lector... Dejaba que desear un placer más intenso, ¡el sexo!
Claro que el deseo se hacía presente, y cómo se hacía..., pero Alex parecía envolverse en un sueño. Cada uno de sus actos iba acompañado de un miedo irracional a ofenderla. Una paranoia mórbida de que un error podría alejar a la joven María de su presencia.
Del pasado, no solo vino la juventud, sino también todo un comportamiento amedrentado, una inseguridad y recelo. En la casa, los tres eran hermanos.
Alex cuidaba de María como si fuera una muñeca. Eran vestidos, flores, dulces. Besos cada día más fríos, caricias cada día más delicadas. El miedo a lastimarla o incomodarla a menudo lo llevaba a la cama en el instante en que ella se sentaba a ver telenovelas.
Eduardo extrañaba todo aquello, pero no osaba interferir en lo desconocido. Alex, a pesar de todo, era una incógnita. ¿Sería él normal, o su pasión era una enfermedad?
Los deseos de Alex también se transformaban y él la quería, la deseaba, mucho...
Muchas de mis lectoras acostumbradas a la modernidad de nuestros días, ya deben estar interpretando el comportamiento de Alex como poco masculino, o quizás sin rasgos de masculinidad. Lo cierto es que Alex olvidó envejecer. Su sabiduría no tiene nada que ver con su madurez, y el precio de un pecado venial, para él se hacía más intenso y destructor.
Intensos eran sus deseos de desposarla, de tenerla consigo para siempre, como amiga y como mujer.
A sí mismo, exigía una propuesta, que debía ocurrir en un momento inolvidable. Llamó a Augusta pidiéndole que inventara un pretexto para que María pasara todo el fin de semana en Goiânia y así poder arreglar la casa. Cumplido esto, Augusta invitó a María a pasar un fin de semana en Goiânia. Ella aceptó.
* * *
María se despertó muy temprano aquel sábado, caminó por el pasillo, fue a la cocina buscando a Alex, quien siempre se despertaba al amanecer, pero hoy no lo encontró. Corrió al cuarto del joven y lo vio durmiendo profundamente. Ella ni imaginaba que él fingía cuando le dio un beso en los labios.
María partió a Goiânia sin sospechar del fingimiento ni de lo que le esperaba al regresar.
Alex y Edu iniciaron esa mañana la limpieza de la casa, que debería durar todo el fin de semana. En la mente de Alex solo quedaba el recuerdo del último beso...
Todo el capítulo se narra con un tono de nostalgia, como si estuviera contando una historia pasada, pero el narrador interviene con comentarios que rompen esa sensación.
La rutina de María, su papel como ama de casa, la preparación de las comidas, la salida de Alex y Eduardo, todo parece ser un escenario para un desenlace que el narrador insinúa sin revelar.
El amor de Alex por María se describe de manera idealizada, pero el narrador insiste en la falta de consumación sexual, lo que crea una tensión entre la aparente perfección y la realidad insatisfecha. La inseguridad de Alex, su miedo a ofender a María, se presentan como rasgos de un carácter marcado por el pasado, lo que lo lleva a un trato casi infantil hacia ella.
La intervención de Eduardo añade una perspectiva externa, observando la extrañeza de la situación y cuestionando la normalidad de Alex. La descripción de los deseos de Alex se intensifica, sugiriendo una dualidad entre su ternura y una pasión reprimida.
El narrador se dirige directamente al lector, invitando a la reflexión sobre la masculinidad y la madurez, y presenta el deseo de Alex de casarse como el clímax de esta tensión. La estratagema de Alex para enviar a María a Goiânia, con la ayuda de Augusta, prepara el escenario para un evento que promete ser inolvidable.
El momento en que María se va, sin sospechar nada, y Alex y Eduardo comienzan la limpieza, crea una atmósfera de anticipación. La mención de Alex fingiendo dormir y el recuerdo de su último beso cierran el capítulo con una nota de suspenso, dejando al lector imaginando lo que sucederá después de su regreso.



