Este texto es ficticio, cualquier parecido con personas o hechos es pura coincidencia.
Un muchacho pobre, feo y viejo
No es que estuviera enamorado de alguna chica. Simplemente le gustaba aparentar que lo estaba. Quizás porque esto le hacía parecer igual a los demás. No es que le gustara ser como los demás. Simplemente no quería ser diferente de todos. La pasión le aportaba cierta vanidad, una cierta juventud y una moderada audacia. Sin ella, caminaba por las calles, con pantalones cortos y chanclas. Un conjunto que no representaba más que nada, y esta imagen lo era todo.
Su salvación sería una cierta dosis de audacia, un dulce arrojo y un atrevimiento agridulce. Y si nada le daba fruto, sería alguien animado, intrigado. ¿De qué vale la vida sin un poco de duda?
Así volvió a casa, se puso el traje de misa. Se calzó las botas y se puso los pantalones, todo tan despacio. Lustró las botas, pulió los botones de la camisa y se peinó el pelo, avanzó por el paso de peatones lanzando sonrisas a la chica de un lujoso coche deportivo, a la barrendera de la Avenida Primera, a la dependienta de la carnicería y a la transeúnte borracha.
Al final del día volvió a casa embriagado de sonrisas, con el estómago lleno de la más pura esperanza.
10.7.9
Sílvio Lôbo
Este texto es ficticio, cualquier parecido con personas o hechos es pura coincidencia.
Un muchacho pobre, feo y viejo
No es que estuviera enamorado de alguna chica. Simplemente le gustaba aparentar que lo estaba. Quizás porque esto le hacía parecer igual a los demás. No es que le gustara ser como los demás. Simplemente no quería ser diferente de todos. La pasión le aportaba cierta vanidad, una cierta juventud y una moderada audacia. Sin ella, caminaba por las calles, con pantalones cortos y chanclas. Un conjunto que no representaba más que nada, y esta imagen lo era todo.
Su salvación sería una cierta dosis de audacia, un dulce arrojo y un atrevimiento agridulce. Y si nada le daba fruto, sería alguien animado, intrigado. ¿De qué vale la vida sin un poco de duda?
Así volvió a casa, se puso el traje de misa. Se calzó las botas y se puso los pantalones, todo tan despacio. Lustró las botas, pulió los botones de la camisa y se peinó el pelo, avanzó por el paso de peatones lanzando sonrisas a la chica de un lujoso coche deportivo, a la barrendera de la Avenida Primera, a la dependienta de la carnicería y a la transeúnte borracha.
Al final del día volvió a casa embriagado de sonrisas, con el estómago lleno de la más pura esperanza.
10.7.9
Sílvio Lôbo



