“Puedo no estar de acuerdo con ninguna de las palabras que dices, pero lucharé hasta la muerte por tu derecho a seguir hablando” Voltaire
No te pedí nada. Simplemente me quedé en el rincón del bosque, detrás del árbol. Los ojos del alba aún estaban somnolientos, el rocío flotaba en el aire, y el perezoso olor de la hierba húmeda se mezclaba con la tenue niebla que envolvía la tierra. Estabas ordeñando la vaca debajo de la higuera, y tus manos eran tiernas y frescas como la mantequilla. Yo seguía allí, detrás del árbol...
No te dije una sola palabra. Solo un pájaro invisible cantó en el matorral. El mangal esparcía sus flores por el camino del pueblo y las abejas, una tras otra, se acercaban, zumbando. Abrieron la puerta del templo de Shiva que da a la orilla de la laguna y un fiel comenzó a cantar. Tú ordeñabas la vaca, sosteniendo el cuenco en tu regazo. Y yo seguía allí, con mi jarra vacía...
No me acerqué a ti. El cielo despertaba con los toques del gong en el tiempo. Los cascos del rebaño azotado levantaban nubes de polvo en el camino, y las mujeres volvían del río con las jarras gorgoteando en las caderas. Tus brazaletes tintineaban y tu cuenco rebosaba de espuma. La mañana se fue, y yo no me acerqué a ti...
(Tagore)
“Puedo no estar de acuerdo con ninguna de las palabras que dices, pero lucharé hasta la muerte por tu derecho a seguir hablando” Voltaire
No te pedí nada. Simplemente me quedé en el rincón del bosque, detrás del árbol. Los ojos del alba aún estaban somnolientos, el rocío flotaba en el aire, y el perezoso olor de la hierba húmeda se mezclaba con la tenue niebla que envolvía la tierra. Estabas ordeñando la vaca debajo de la higuera, y tus manos eran tiernas y frescas como la mantequilla. Yo seguía allí, detrás del árbol...
No te dije una sola palabra. Solo un pájaro invisible cantó en el matorral. El mangal esparcía sus flores por el camino del pueblo y las abejas, una tras otra, se acercaban, zumbando. Abrieron la puerta del templo de Shiva que da a la orilla de la laguna y un fiel comenzó a cantar. Tú ordeñabas la vaca, sosteniendo el cuenco en tu regazo. Y yo seguía allí, con mi jarra vacía...
No me acerqué a ti. El cielo despertaba con los toques del gong en el tiempo. Los cascos del rebaño azotado levantaban nubes de polvo en el camino, y las mujeres volvían del río con las jarras gorgoteando en las caderas. Tus brazaletes tintineaban y tu cuenco rebosaba de espuma. La mañana se fue, y yo no me acerqué a ti...
(Tagore)



