Fue en un sueño quizás que vi brillar tu faz lívida, Muerte, y sobre mí tu hoz fría y tu aliento de hielo, insoportable.
Pero mi día no había llegado; fue alguien extraño que cayó a mi lado, en medio de la noche, y yo pude continuar cabizbajo el camino.
Pero dentro de mi corazón te detesté sin temerte, y sentí que la vida era mejor, y con serenidad compuse estos votos y oraciones de muerto.
Que el misterio que existe en toda muerte fuera en la mía dignificado sencillez.
Y mi velorio fuera así como una pequeña fiesta de despedida, donde las personas que quedaran con los ojos rojos pudieran reír sin remordimientos.
Y aquellos que fueran saliendo pensaran solo: "vamos a un bar; solo no vas porque no puedes"; y así manifestaran confianza en mí.
Y dos años después algunos hombres se pusieran de repente a hablar de mí, riendo, recordando mi nombre y figura con afectuosos palabrotas, que mi memoria los ayudara a beber más, y con más placer.
Que alguna desconocida mujer, en una hora de angustia o abatimiento, leyera por casualidad algo mío y sintiera allí un consuelo de mano de compañero.
Y así también que, a dos amantes, algo que escribí en la pasión pudiera hacerles más luminosa la felicidad.
Que todo lo que dije por tedio o afectación pudiera ser olvidado mi lección oscura fuera una lección de insaciable libertad y gusto por vivir.
Que aquellos que fueron mis amigos no necesitaran olvidar o disimular mis defectos para que me estimaran después de muerto, y me recordaran como a un hombre - vago bloque de cosas - capaz de ser tolerado y posible de ser útil.
Que al pobre y al humillado mi voz ayudara a dar esperanza e impulso de lucha.
Que algo de todo lo que hice pudiera llevar al hombre poderoso, detrás de sus estupendos recursos y de sus perfectas teorías y de miles de oficiales de gabinete y secretarios, un recado humilde a favor de la pobre y oscura y triste humanidad de Brasil.
Y así también al hombre creyente y orgulloso de su creencia un poco de vacilación y tolerancia.
Y las mujeres con que lidié olvidaran mis momentos de tedio y de aflicción y recordaran de mí lo que dije e hice de mejor, en los grandes instantes de ternura, que son los instantes de la verdad.
Y tú, que fuiste la última de mis amigas, que mi recuerdo te fuera también suave - solo la vaga mano posando en tu hombro y la perdida voz diciendo tu nombre, con el más simple cariño, y un tono casi contento.
BRAGA, Rubens. In A cidade e a roça. Rio de Janeiro, José Olympio, 1957. p.75-77
Fue en un sueño quizás que vi brillar tu faz lívida, Muerte, y sobre mí tu hoz fría y tu aliento de hielo, insoportable.
Pero mi día no había llegado; fue alguien extraño que cayó a mi lado, en medio de la noche, y yo pude continuar cabizbajo el camino.
Pero dentro de mi corazón te detesté sin temerte, y sentí que la vida era mejor, y con serenidad compuse estos votos y oraciones de muerto.
Que el misterio que existe en toda muerte fuera en la mía dignificado sencillez.
Y mi velorio fuera así como una pequeña fiesta de despedida, donde las personas que quedaran con los ojos rojos pudieran reír sin remordimientos.
Y aquellos que fueran saliendo pensaran solo: "vamos a un bar; solo no vas porque no puedes"; y así manifestaran confianza en mí.
Y dos años después algunos hombres se pusieran de repente a hablar de mí, riendo, recordando mi nombre y figura con afectuosos palabrotas, que mi memoria los ayudara a beber más, y con más placer.
Que alguna desconocida mujer, en una hora de angustia o abatimiento, leyera por casualidad algo mío y sintiera allí un consuelo de mano de compañero.
Y así también que, a dos amantes, algo que escribí en la pasión pudiera hacerles más luminosa la felicidad.
Que todo lo que dije por tedio o afectación pudiera ser olvidado mi lección oscura fuera una lección de insaciable libertad y gusto por vivir.
Que aquellos que fueron mis amigos no necesitaran olvidar o disimular mis defectos para que me estimaran después de muerto, y me recordaran como a un hombre - vago bloque de cosas - capaz de ser tolerado y posible de ser útil.
Que al pobre y al humillado mi voz ayudara a dar esperanza e impulso de lucha.
Que algo de todo lo que hice pudiera llevar al hombre poderoso, detrás de sus estupendos recursos y de sus perfectas teorías y de miles de oficiales de gabinete y secretarios, un recado humilde a favor de la pobre y oscura y triste humanidad de Brasil.
Y así también al hombre creyente y orgulloso de su creencia un poco de vacilación y tolerancia.
Y las mujeres con que lidié olvidaran mis momentos de tedio y de aflicción y recordaran de mí lo que dije e hice de mejor, en los grandes instantes de ternura, que son los instantes de la verdad.
Y tú, que fuiste la última de mis amigas, que mi recuerdo te fuera también suave - solo la vaga mano posando en tu hombro y la perdida voz diciendo tu nombre, con el más simple cariño, y un tono casi contento.
BRAGA, Rubens. In A cidade e a roça. Rio de Janeiro, José Olympio, 1957. p.75-77



