Mi aire mórbido me condena. Me hace ver todo en blanco y negro, acompañado por mis labios obsoletos, que insisten inoportunamente en decir la verdad, mi verdad. Sobreviven en raras ocasiones aquellos que roban mi agrado, mi caricia, mi imperfección. Revestida en anillos de hierro, una armadura fina, arcaica, que me protege, o mejor dicho, me aleja de la realidad, dejando algo distorsionado, solo inventado.
Mis sueños cayeron en desuso y lo común se volvió negligente, deshumano, inmoral. Soy incapaz de aceptar fácilmente, prefiero convertirme en un ser pensante, terco, adjetivado, sin llegar a un punto final, muchos suplican los puntos suspensivos, etcétera, pero mis pensamientos, mis opiniones no pueden ser tiradas a la basura, no al relente, en el duro dolor y suerte del viento, antes deben pasar por el oído de ustedes que fingen escucharme, porque si realmente me escucharan no seguirían masticando su generación.
¿Dónde están los valores que te exigí? Piensas en voz alta "¿quién eres tú para imponerme algo?"
Yo soy aquello que siempre quise, y que vuestra sociedad perversa, acostumbrada a la miserable rutina de los puntos suspensivos, de los pensamientos nulos, de las ideas cortadas por la mitad me impidió ser, de mostrarme. Tan bien me sienta mi amargura.
Por eso, con casi toda certeza, no me conocerás bien, contentate con mi falsedad.



