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Colombia (Selección)
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El fútbol en Colombia nunca ha sido un mero ejercicio de entretenimiento o un apéndice de la cultura popular; es, históricamente, el espejo más fiel y doloroso del alma de una nación dividida. Entre la cadencia hipnótica de su clásico "toque-toque" y el vértigo físico de sus promesas modernas, la selección colombiana —cariñosamente apodada La Tricolor— carga con el peso de una identidad forjada en la dualidad entre la genialidad estética y la fragilidad emocional. Desde las glorias efímeras de la mítica era de "El Dorado" en los años 1950 hasta la tragedia nacional que segó la vida de Andrés Escobar en 1994, el seleccionado cafetero transita constantemente entre la promesa de grandeza y el abismo de la desilusión. Actualmente, bajo la batuta táctica de Néstor Lorenzo y liderada por la resurrección técnica de James Rodríguez junto a la electricidad de Luis Díaz, Colombia busca consolidar una madurez competitiva que históricamente le ha sido esquiva. Este dosier se sumerge en las entrañas históricas, tácticas, políticas y sociales de una de las selecciones más fascinantes, complejas y culturalmente ricas del planeta, analizando cómo el fútbol refleja las fracturas y la resiliencia de un país que aprendió a buscar su redención a través del balón.

1. Orígenes y formación de la identidad nacional

Para comprender la génesis del fútbol colombiano, es necesario ante todo entender la geografía y la demografía de un país marcado por barreras naturales infranqueables. Cortada por tres cordilleras de los Andes, Colombia se desarrolló históricamente en islas regionales aisladas, donde el sentimiento de pertenencia local a menudo se superponía a la identidad nacional. El fútbol entró al país no por la capital andina, Bogotá, sino por las aguas caribeñas de Barranquilla, a principios del siglo XX. El puerto fluvial y marítimo de la ciudad fue la puerta de entrada para ingenieros británicos, marineros y estudiantes colombianos que regresaban de Europa, trayendo consigo los primeros balones de cuero y el libro de reglas de la Asociación de Fútbol. Fue en Barranquilla donde nació el primer club organizado y, no por casualidad, es allí donde la selección nacional tradicionalmente juega sus partidos, bajo el calor húmedo y asfixiante que sofoca a los adversarios e incendia a la hinchada local.

La profesionalización del deporte ocurrió en 1948, un año que cambiaría para siempre la historia política y social del país. El asesinato del líder populista Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de ese año, desencadenó el "Bogotazo" e inauguró el sangriento período conocido como La Violencia. Paradójicamente, mientras el país se sumergía en una guerra civil no declarada, los dirigentes deportivos fundaban la DIMAYOR (División Mayor del Fútbol Colombiano) y daban inicio a la era de "El Dorado". Aprovechando una huelga de jugadores en la Argentina de Juan Domingo Perón, los clubes colombianos —operando fuera de la jurisdicción de la FIFA y, por tanto, exentos de pagar tasas de transferencia— comenzaron a contratar a las mayores estrellas del fútbol mundial con salarios astronómicos financiados por magnates locales.

El Millonarios de Bogotá montó el legendario "Ballet Azul", liderado por nada menos que Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera y Néstor Rossi. El Independiente Medellín, el Deportivo Cali y el Santa Fe también importaron estrellas británicas, húngaras, peruanas y brasileñas. Durante cinco años, Colombia fue el epicentro del fútbol mundial, practicando un juego de refinamiento técnico inigualable. Esta era de oro artificial, sin embargo, dejó una herencia profunda en la psique del futbolista colombiano: el culto a la posesión del balón, al regate corto, a la desaceleración del ritmo y a la valoración de la estética individual sobre la eficacia colectiva. El jugador colombiano aprendió a jugar bajo la influencia de la elegancia platense y el virtuosismo caribeño, creando un estilo híbrido que se conoció como "fútbol bailado".

No obstante, la exclusión de la federación colombiana por parte de la FIFA debido a la piratería de atletas y el posterior Pacto de Lima en 1951, que forzó la devolución de los jugadores extranjeros a sus clubes de origen, sumieron al fútbol local en una profunda resaca. La selección nacional, que poco se había beneficiado del brillo extranjero en su liga, pasó las décadas siguientes intentando encontrar su propia voz. La clasificación para la Copa del Mundo de 1962, en Chile, fue el primer atisbo de dignidad internacional, marcado por el histórico empate 4-4 contra la poderosa Unión Soviética de Lev Yashin, partido en el que Marcos Coll marcó el único gol olímpico de la historia de los Mundiales. Aun así, Colombia permanecía en la periferia del fútbol sudamericano, exprimida entre la hegemonía de Brasil y Argentina y el rigor defensivo de Uruguay. La identidad nacional aún carecía de una estructura táctica y de un liderazgo intelectual que unificara las diferentes regiones del país: el temperamento frío y cerebral de Bogotá y Medellín con la irreverencia física y alegre de la Costa Pacífica y el Caribe.

El papel de Barranquilla como cuna y fortaleza

La elección de Barranquilla como la "casa de la selección" no es meramente logística, sino profundamente identitaria. Mientras Bogotá representa el poder político y la burocracia andina, Barranquilla representa a la Colombia festiva, multicultural y abierta al mundo. El Estadio Metropolitano Roberto Meléndez, inaugurado en 1986, se convirtió en un templo donde la altitud de Bogotá es sustituida por la presión atmosférica del calor y la humedad caribeña. Jugar en Barranquilla a las tres de la tarde es un instrumento de tortura táctica contra rivales acostumbrados al clima templado. Para la selección, el calor de la costa funciona como un catalizador de energía, donde el ritmo lento del juego de pases colombiano desgasta físicamente a los oponentes hasta el nocaut técnico. Es el espacio donde la identidad caribeña se funde con el proyecto nacionalista del fútbol.

2. Era de Oro, grandes campañas e ídolos eternos

El verdadero renacimiento del fútbol colombiano y el nacimiento de su primera auténtica "Era de Oro" ocurrieron a finales de la década de 1980, bajo el liderazgo de un filósofo del banquillo: Francisco "Pacho" Maturana. Influenciado por la mentalidad de posesión de balón y ocupación de espacios que observara en el fútbol europeo, pero profundamente respetuoso con la esencia técnica del jugador colombiano, Maturana diseñó una revolución táctica. Organizó a la selección en un sistema 4-4-2 extremadamente compacto, caracterizado por una defensa en línea que utilizaba la trampa del fuera de juego con precisión quirúrgica, un mediocampo de pases cortos y rápidos, y una transición ofensiva basada en la aproximación constante entre los jugadores.

Este equipo mítico tenía como cerebro y corazón a Carlos Valderrama, "El Pibe". Con su icónica cabellera rubia y una visión de juego tridimensional, Valderrama era el anacronismo perfecto: un jugador que casi no corría, pero que hacía correr el balón con una precisión milimétrica. A su lado, la potencia física y técnica de Freddy Rincón, la velocidad estonteante de Faustino Asprilla, la inteligencia táctica de Bernardo Redín y la locura genial del portero René Higuita crearon un colectivo que asombró al continente. La clasificación para la Copa del Mundo de 1990, en Italia, tras 28 años de ausencia, fue el escenario de la revelación. El empate 1-1 contra la eventual campeona Alemania Occidental, en San Siro, con el gol histórico de Rincón tras un pase magistral de Valderrama en el tiempo de descuento, simbolizó la mayoría de edad del fútbol colombiano.

El apogeo estético y técnico de esta generación ocurrió el 5 de septiembre de 1993, en el Estadio Monumental de Núñez, en Buenos Aires. En una exhibición que rozó la perfección artística, Colombia goleó a Argentina por 5-0 en las eliminatorias para la Copa de 1994. Los goles de Freddy Rincón, Faustino Asprilla y Adolfo "El Tren" Valencia no solo garantizaron la clasificación directa de los cafeteros, sino que forzaron a la hinchada argentina a aplaudir de pie a los visitantes. Pelé declaró que Colombia era su favorita para ganar el Mundial en Estados Unidos. Esta declaración, sin embargo, se convirtió en una carga insoportable.

Lo que siguió en 1994 es una de las páginas más sombrías de la historia del deporte mundial. Presionada por expectativas irreales y asfixiada por la infiltración de carteles de drogas que hacían amenazas de muerte a los jugadores y al cuerpo técnico en los hoteles de concentración, la selección se desmoronó en el campo. La derrota en el debut ante la Rumanía de Gheorghe Hagi y el revés contra Estados Unidos —marcado por el trágico gol en propia puerta de Andrés Escobar— eliminaron a Colombia en la primera fase. Días después del regreso de la delegación al país, el defensa Andrés Escobar, un símbolo de hidalguía e integridad, fue asesinado a tiros en un estacionamiento en Medellín. El crimen conmocionó al mundo y cerró de forma trágica la era de oro de una generación que merecía ser recordada por la belleza de su juego, pero que terminó marcada por la violencia que azotaba a su patria.

Tras años de ostracismo y ausencias en los Mundiales de 2002, 2006 y 2010, Colombia reencontró su camino hacia la grandeza bajo el mando del técnico argentino José Pékerman. La generación de 2014, liderada por un joven James Rodríguez y por el instinto goleador de Radamel Falcao García —quien lamentablemente se perdió el torneo debido a una grave lesión en la rodilla—, alcanzó los cuartos de final de la Copa del Mundo en Brasil, la mejor campaña de la historia del país. James Rodríguez, con su pierna izquierda mágica, se consagró máximo goleador del torneo con seis goles, incluyendo una obra maestra de volea contra Uruguay en el Maracaná que ganó el Premio Puskás. Aquella selección de Pékerman combinaba la tradicional técnica de pase con una verticalidad moderna y una transición rápida por las bandas con Juan Cuadrado, mostrando que Colombia finalmente había aprendido a competir al más alto nivel europeo sin perder su esencia lúdica.

  • Carlos Valderrama ("El Pibe"): El maestro indiscutible del fútbol colombiano, conocido por su inteligencia de juego, pases de primera y liderazgo silencioso dentro del campo.
  • Andrés Escobar ("El Caballero del Fútbol"): Defensa técnico, elegante y de conducta ejemplar, cuya muerte trágica en 1994 lo transformó en un mártir del deporte nacional.
  • Radamel Falcao García ("El Tigre"): El máximo goleador de la historia de la selección, símbolo de resiliencia, posicionamiento en el área y liderazgo espiritual para las nuevas generaciones.
  • James Rodríguez: El heredero de la camiseta 10 de Valderrama, máximo goleador de la Copa del Mundo de 2014 y el jugador más talentoso de su generación en términos de visión y finalización de media distancia.
  • René Higuita ("El Loco"): El portero que revolucionó la posición al jugar como líbero, famoso por sus salidas audaces del área y por la icónica atajada del "escorpión" en Wembley.

3. Rivalidades, crisis y bastidores del poder

El fútbol colombiano no puede analizarse de forma aislada de sus complejidades políticas y económicas. Durante las décadas de 1980 y 1990, el deporte en el país fue profundamente infiltrado por el dinero del narcotráfico. Los grandes carteles de drogas vieron en los clubes de fútbol el vehículo perfecto para el lavado de dinero, la compra de influencia social y la proyección de poder personal. El Cartel de Medellín, liderado por Pablo Escobar, financió los años de gloria del Atlético Nacional, culminando en la conquista de la Copa Libertadores de 1989. Paralelamente, los hermanos Rodríguez Orejuela, jefes del Cartel de Cali, controlaban el América de Cali, transformando al club en una potencia continental que llegó a cuatro finales de la Libertadores. Gonzalo Rodríguez Gacha, "El Mexicano", inyectaba millones de dólares en Millonarios de Bogotá.

Esta bonanza financiera artificial permitió que los mejores jugadores del país permanecieran en la liga nacional, elevando el nivel técnico de la selección, pero el costo humano e institucional fue devastador. Los árbitros eran amenazados de muerte y sobornados; los dirigentes que se oponían al sistema eran asesinados, como el presidente del club Deportivo Pereira, Octavio Cardona. La propia selección nacional vivía bajo una atmósfera de paranoia constante. Los jugadores eran frecuentemente convocados para visitar a Pablo Escobar en su prisión de lujo, "La Catedral", y la alineación del equipo a menudo sufría presiones externas de apostadores vinculados a las mafias locales. La tragedia de Andrés Escobar en 1994 fue el apogeo de esta simbiosis macabra entre el crimen organizado y el deporte, evidenciando cómo la selección se había convertido en rehén de fuerzas que escapaban al control del cuerpo técnico.

Tras la caída de los grandes carteles, el fútbol colombiano enfrentó una durísima resaca económica y administrativa. La Federación Colombiana de Fútbol (FCF) y la DIMAYOR pasaron por años de asfixia financiera, intervenciones gubernamentales y escándalos de corrupción. El punto más bajo de esta crisis administrativa ocurrió en el ámbito del escándalo global del "FIFA Gate" en 2015, que resultó en el arresto y la inhabilitación del entonces presidente de la FCF, Luis Bedoya, acusado de recibir sobornos millonarios en contratos de derechos de transmisión de la Copa América. La falta de transparencia y el compadrazgo político dentro de la federación históricamente minaron el desarrollo de proyectos de largo plazo para las categorías inferiores, dejando el éxito de la selección dependiente de destellos individuales de generaciones espontáneas.

En el campo de las rivalidades, Colombia desarrolló antagonismos profundos que mezclan fútbol y geopolítica. La rivalidad más intensa y vecinal es con Venezuela, el llamado "Clásico de la Frontera". Históricamente menospreciado por los colombianos debido a la tradición beisbolera de Venezuela, el partido ganó tintes de drama táctico y político en las últimas décadas, a medida que la selección venezolana (La Vinotinto) evolucionó y pasó a encarar los enfrentamientos contra Colombia como el partido de sus vidas, a menudo inflamada por discursos nacionalistas de ambos lados de la frontera.

En el escenario continental, los enfrentamientos contra Brasil y Argentina ganaron tintes de batallas físicas y psicológicas. La rivalidad con Brasil se agudizó drásticamente tras la Copa del Mundo de 2014, marcada por la violenta entrada de Juan Camilo Zúñiga que fracturó una vértebra de Neymar, y por los subsiguientes enfrentamientos tensos en la Copa América de 2015 y en las eliminatorias. Lo que antes era una relación de admiración mutua se transformó en un duelo de alto voltaje físico, donde los colombianos intentan probar que perdieron el complejo de inferioridad ante los pentacampeones mundiales. Contra Argentina, la rivalidad es histórica y alimentada por el eterno fantasma del 5-0 de 1993, un resultado que los argentinos nunca perdonaron totalmente y que los colombianos guardan como su mayor trofeo moral, pero que también sirve como recordatorio de que la soberbia puede ser el peor enemigo del equipo.

4. El momento actual: Táctica, generación y desafíos

Tras el fracaso traumático de no clasificar para la Copa del Mundo de 2022 en Catar —una campaña melancólica marcada por una sequía histórica de goles bajo el mando de Carlos Queiroz y Reinaldo Rueda—, la Federación Colombiana de Fútbol buscó la reconstrucción espiritual y táctica al contratar al técnico argentino Néstor Lorenzo. Exasistente de José Pékerman durante el ciclo victorioso de 2012 a 2018, Lorenzo conocía como pocos la idiosincrasia del futbolista colombiano y las presiones del vestuario de la selección. Su llegada promovió una revolución silenciosa, basada en la recuperación de la autoestima de los veteranos y en la inserción gradual de jóvenes valores hambrientos de gloria.

El gran triunfo táctico de Néstor Lorenzo fue la rehabilitación de James Rodríguez. Considerado por muchos como un jugador en declive físico y sin espacio en el fútbol europeo de alta intensidad, James encontró en la selección de Lorenzo su ecosistema perfecto. El entrenador diseñó un sistema híbrido, que varía entre el 4-2-3-1 y el 4-3-3, proyectado específicamente para maximizar la genialidad de James en la distribución de juego y en la pelota parada, mientras lo protege defensivamente con una línea de mediocampistas de extraordinaria capacidad de cobertura y combatividad. Jugadores como Richard Ríos, revelación del Palmeiras con su conducción de balón elegante y fuerza física, y Jefferson Lerma, el pilar defensivo del Crystal Palace, forman un blindaje que permite a James flotar entre líneas y dictar el ritmo del partido.

En la banda izquierda, Colombia cuenta con una de las mayores armas de desequilibrio del fútbol mundial: Luis Díaz. El atacante del Liverpool encarna la evolución del jugador colombiano moderno: veloz, incansable en la presión defensiva, pero dotado de esa irreverencia técnica típica del fútbol callejero de la Costa Pacífica. Díaz ofrece la verticalidad y la profundidad que el juego de pases cortos de James necesita para no volverse estéril. En el lado opuesto, la inteligencia táctica de Jhon Arias, del Fluminense, equilibra al equipo, ofreciendo apoyo en la marca, asociación por dentro e infiltraciones en el área adversaria. El ataque se completa con la presencia física y el trabajo de pivote de centrodelanteros como Jhon Córdoba o la juventud explosiva de Jhon Durán, del Aston Villa.

Defensivamente, el equipo de Lorenzo se apoya en la solidez de Davinson Sánchez y Jhon Lucumí (o Yerry Mina), protegidos por los laterales ocupados por Daniel Muñoz y Johan Mojica. Muñoz, en particular, se convirtió en una pieza fundamental en el esquema ofensivo, apareciendo como un elemento sorpresa en el área adversaria, aprovechando los espacios creados por las fluctuaciones de James Rodríguez hacia la banda derecha. El portero Camilo Vargas se consolidó como un sustituto seguro y maduro para el legendario David Ospina, ofreciendo seguridad bajo los tres palos y una excelente salida de balón con los pies.

El mayor desafío de esta selección no es técnico o táctico, sino psicológico. Históricamente, Colombia tiende a oscilar emocionalmente en momentos de extrema presión. La impresionante racha de invencibilidad bajo el mando de Lorenzo, que incluyó victorias históricas sobre España, Alemania, Brasil y la espectacular campaña en la Copa América de 2024 (donde el equipo alcanzó la final practicando el fútbol más vistoso del torneo, cayendo solo en la prórroga ante Argentina), probó que el equipo aprendió a competir de igual a igual contra las potencias globales. Sin embargo, la transición al estatus de real candidata al título mundial exige el mantenimiento de una consistencia mental que evite las antiguas trampas de la soberbia y la desconcentración en momentos decisivos de las eliminatorias y de los grandes torneos internacionales.

Análisis táctico del sistema de Néstor Lorenzo

El modelo de juego de Néstor Lorenzo se basa en cuatro pilares fundamentales que equilibran la tradición y la modernidad:

  • Presión tras pérdida y bloque medio-alto: El equipo no retrocede pasivamente; presiona al adversario inmediatamente después de la pérdida del balón, utilizando la energía de sus mediocampistas y extremos para recuperar la posesión en zonas avanzadas.
  • La "pausa" y la verticalidad: El juego colombiano es un diálogo constante entre el ritmo cadenciado impuesto por James Rodríguez (la pausa) y las rupturas en velocidad de Luis Díaz y Daniel Muñoz (la verticalidad).
  • La fuerza de la pelota parada: Con cobradores de élite como James y cabeceadores potentes como Davinson Sánchez, Lerma y Córdoba, la pelota parada se convirtió en una de las armas más letales del equipo, decidiendo partidos de alta complejidad táctica.
  • Asimetría en las bandas: Mientras el lateral izquierdo (Mojica) tiende a mantener una postura más conservadora de apoyo y construcción por abajo, el lateral derecho (Muñoz) tiene total libertad para atacar el espacio profundo, funcionando casi como un extremo cuando el equipo está en fase ofensiva.

5. Formación de talentos, estructura y futuro

La sostenibilidad del fútbol colombiano en el escenario de élite internacional depende directamente de su capacidad de revelar y pulir talentos en un territorio socialmente complejo. Históricamente, la revelación de atletas en Colombia ocurre de manera casi orgánica, impulsada por la pasión nacional y por la necesidad socioeconómica de miles de jóvenes que ven en el fútbol una de las pocas vías de ascenso social. Sin embargo, la geografía del talento colombiano cambió drásticamente en las últimas décadas. Si antes las regiones andinas de Antioquia (Medellín) y Valle del Cauca (Cali) centralizaban la formación de atletas a través de clubes tradicionales, hoy la Costa Pacífica —especialmente el departamento de Chocó y la ciudad portuaria de Tumaco— y la Costa Atlántica se han convertido en los verdaderos semilleros de atletas del país.

La Costa Pacífica colombiana, una región históricamente marginada por el poder central, marcada por altos índices de pobreza e infraestructura precaria, compensa sus carencias con una genética privilegiada para el deporte de alto rendimiento. Los jugadores de esta región poseen una combinación única de fuerza física, velocidad explosiva y una coordinación motora refinada por el fútbol jugado descalzo en la arena o en campos de tierra batida. Atletas como Jefferson Lerma, Davinson Sánchez, Duván Zapata y el propio Luis Díaz (originario de la península de La Guajira, en el extremo norte del país) son productos de este caldero demográfico donde la resiliencia física se funde con la habilidad natural. No obstante, el proceso de captación y transición de estos jóvenes al fútbol profesional aún carece de una estructura unificada y científica.

El modelo de formación colombiano se apoya en "canteras" de clubes específicos que entendieron la necesidad de invertir en la base como modelo de negocio sostenible. El Envigado Fútbol Club, un pequeño equipo del área metropolitana de Medellín, ganó el apodo de Cantera de Héroes por haber revelado nombres del calibre de James Rodríguez, Juan Fernando Quintero, Fredy Guarín y, más recientemente, Yáser Asprilla y Jhon Durán. El Deportivo Cali y el Atlético Nacional también poseen estructuras de formación ejemplares, que combinan vivienda, educación escolar y preparación física de nivel europeo para los jóvenes captados en las periferias del país. Estos clubes funcionan como puentes para la exportación precoz de talentos.

La exportación de jugadores se convirtió en la principal fuente de ingresos para el fútbol colombiano, pero este fenómeno conlleva un arma de doble filo. Por un lado, la salida precoz de atletas a mercados competitivos como Argentina, Brasil, México y la Major League Soccer (MLS) acelera la maduración táctica y física de los jugadores, preparándolos para el rigor del fútbol europeo. Por otro lado, la venta de promesas antes incluso de completar 50 partidos en el campeonato profesional debilita la liga local (Liga BetPlay Dimayor), volviéndola técnica y financieramente vulnerable. Además, muchos jóvenes atletas sufren por la falta de acompañamiento psicológico y de asesoría de carrera, perdiéndose en mercados periféricos o regresando precozmente al país sin haber alcanzado su potencial máximo.

El futuro de la selección colombiana, sin embargo, se dibuja prometedor gracias al surgimiento de una nueva generación de atletas que ya actúan en el primer escalón europeo con personalidad. Jhon Durán, atacante del Aston Villa, destaca por su potencia física devastadora y capacidad de finalización instintiva, siendo señalado como el heredero natural de Radamel Falcao. Yáser Asprilla, mediapunta de refinada técnica individual y visión de juego, surge como el candidato natural a asumir la función creativa de James Rodríguez en los próximos ciclos mundialistas. Junto a ellos, nombres como Oscar Cortés y Gustavo Puerta aseguran que la transición generacional post-2026 se haga sin una ruptura drástica en el nivel competitivo del equipo.

Para que esta nueva generación alcance la cima del fútbol mundial, la Federación Colombiana de Fútbol necesita evolucionar en su gestión institucional. Es urgente la creación de una identidad de juego unificada que atraviese todas las categorías inferiores de la selección (Sub-15, Sub-17 y Sub-20), permitiendo que los jóvenes lleguen a la selección principal totalmente adaptados a los conceptos tácticos modernos. Además, la inversión en infraestructura deportiva en las regiones más pobres de la Costa Pacífica y del Caribe no debe verse solo como una acción social, sino como una estrategia de seguridad nacional deportiva. Si Colombia logra aliar la riqueza natural de su materia prima humana con la modernización científica de su gestión, la Tricolor dejará de ser una eterna promesa de fútbol vistoso para consolidarse, definitivamente, como una potencia inquebrantable en el tablero del fútbol global.

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